Un partido político de nuevo tipo basado en la modalidad pedagógica del “taller”
El
tiempo histórico actual
Elementos insoslayables
Cada época histórica configura sus
problemáticas, y también los perfiles de las soluciones que demandan y las
tareas a desarrollar en un sentido o en otro (para afianzar el estado de cosas,
o para transformarlo). De ahí que al abordar el tema del tipo de organización
política en el presente es importante actualizar -al menos-, los siguientes
factores: esclarecimiento del tiempo histórico actual, sus características y
demandas; especificación de las tareas que se desprenden de dicha
caracterización; identificación de los sujetos sociales y políticos interesados
en transformar el estado de cosas, con posibilidades de crear alternativas a
partir de sus experiencias de resistencia y generación de vida y esperanza.
La definición de la época histórica constituyó y constituye una especie de marco general en el que se inscribe el accionar de las izquierdas; define el terreno que se pisa, los objetivos de las luchas, los sujetos, la política, el tipo de estado que se busca instaurar, el poder, la democracia, los adversarios, los aliados posibles, los derroteros y el horizonte buscado. Es una proyección de largo alcance, no modificable por coyunturas ni especificidades locales. Las definiciones que correspondan a particularidades o exigencias de cada momento histórico y sus realidades sociales concretas no alteran –salvo situaciones excepcionales que la modifiquen de raíz‑, la caracterización de una época, al contrario, se orientan (o deberían orientarse) por ella, para ‑en base a ello‑ perfilar su accionar, articulando lo coyuntural con los objetivos de largo plazo. Esta articulación comúnmente llamada “táctica y estrategia”, pone de manifiesto sus nexos con la época histórica en la misma medida que va condensando en las prácticas las metas estratégicas en cada momento. Obviamente, estas concreciones van modificando también el horizonte estratégico; unas veces lo acercan y lo hacen más visible y, otras, lo alejan, lo empañan o lo hacen invisible, inalcanzable. Pero, en cualquier caso, se trata de una interacción dinámica-dialéctica raizal.
Si en este
continente la mayoría de la izquierda partidaria quedó aprisionada en sus
extravíos cuando contaba con una definición clara de época histórica (más allá de que uno concuerde o no con ella),
resulta sencillo imaginar la deriva política en la que se encuentra
actualmente, cuando -por omisión, desconocimiento o desentendimiento-, se van
dando pasos por las coyunturas políticas sin identificar a los sujetos reales
del cambio ni a los horizontes de este.[1]
En el
siglo XX la mayoría de la izquierda marxista subscribía la afirmación de que se
vivía la “época histórica de tránsito del capitalismo al socialismo a escala
mundial”. A tono con ello muchos de sus referentes evidenciaban su fortaleza ideológica
reafirmando la inevitabilidad e invencibilidad del socialismo, e
hicieron de la existencia de la URSS
y el campo socialista la demostración definitiva del carácter científico del marxismo-leninismo y del
acierto de tales ideas. Sin entrar a polemizar con aquellas definiciones o
actitudes, lo importante aquí es situar el cambio de tiempo histórico
que se ha producido; esclarecer que la época histórica que atravesó el siglo
XX, en cualquier variante, ya no existe.
5. El mundo ha cambiado, el sistema
socialista mundial se ha desintegrado y el capitalismo ha registrado mutaciones
profundas en su configuración y funcionamiento, reiniciando lo que podría
definirse como su tercer ciclo guerrerista -intercapitalista-, por la
conquista y el dominio del planeta. Resulta vital tener esto en claro para
dilucidar los problemas a enfrentar, las tareas a resolver. Para ello un primer
paso es identificar y reconocer a los sujetos reales, convocarlos -en el caso
de organizaciones partidarias preexistentes-, para reflexionar de conjunto qué
hacer; son ellos los que protagonizarán los procesos de lucha y la creación
colectiva para realizar los cambios sociales que se propongan, dotándose de una
organización política que los articule y potencia políticamente hacia la
conquista de sus objetivos.
Se ha producido una modificación raizal de la problemática a enfrentar
Tomar conciencia del tiempo
histórico actual supone, en primer lugar, el conocimiento de que el
capitalismo se ha modificado sustantivamente, ha mutado sobre su propio eje, y
hoy, en el siglo XXI, su contradicción medular vida-muerte marca
permanentemente las dinámicas sociales, en una pulseada histórica con múltiples
e imprevisibles desenlaces. Y esto llama a abrir las compuertas del
entendimiento para comprender que se ha producido una modificación raizal
integral de la problemática a enfrentar. Ya no es la explotación
humana el problema que ocupa el centro de los escenarios políticos, sino -sin
olvidarse de ella-, la defensa de la vida.
La contradicción
vida-muerte pone al desnudo las nuevas y acuciantes problemáticas que
emergen del actual retroceso civilizatorio de la mano del capitalismo
financiero, guerrerista, tecnológico y mediático que amenaza la vida en el
planeta. La “defensa de
la vida” como eje articulador de las luchas populares y del proceso
emancipador, reviste particular importancia también porque permite integrar
dimensiones aparentemente inconexas: ecológicas, feministas, culturales,
tecnológicas, económicas, políticas y civilizatorias, con problemáticas cuyas
soluciones el marxismo tradicional subordinó a la solución de la “contradicción
fundamental” entre el capitalismo y el socialismo o, en algunos casos, las
trató como “contradicciones secundarias” cuya resolución se produciría
-automáticamente-, luego de la “toma del poder”.
Convendría
tal vez delimitar con mayor precisión la significación y los alcances políticos
del concepto “defensa de la vida”, para evitar que su natural polisemia pueda
tornarlo demasiado amplio o ideológicamente desdibujado. Esclarecer, por
ejemplo, ¿cómo se traducen los antagonismos políticos concretos, las prioridades
programáticas y las disputas materiales a partir identificar a la defensa de
la vida como eje plural convocante de las articulaciones sociopolíticas?
Estas y otras interrogantes que podrían presentarse tendrán que ser enfrentadas
por los actores sociopolíticos de cada sociedad, en cada momento histórico
concreto; no hay respuestas (correctas) prefabricadas para todas las realidades
en todos los tiempos. Las actuales y venideras generaciones habrán de resolver
los problemas de su tiempo; ello es parte de los desafíos a su protagonismo
creador.
La
barbarie avanza haciendo gala de su maldad
La barbarie del poder avanza sin tapujos
haciendo gala de su cinismo y maldad. Naturalizando exclusiones, genocidios y
saqueos, va imponiendo su lógica de destrucción y muerte, proponiendo un mundo
sin futuro, sin alternativas para la vida. Su única propuesta -en tanto el
futuro prometido de bonanza para los pueblos nunca llegará-, es un presente de
renunciamientos y sacrificios para (un perpetuo) “mañana” vivir “mejor”; lo
cual se traduce -de hecho-, en pérdida de las conquistas acumuladas por la
humanidad y en el regreso al pasado: saqueos, guerras, xenofobia,
racismo, autoritarismos, recolonización, esclavitud y repatriarcalización del
mundo, clausura de derechos sociales, represión, censura... Cuando los
representantes del poder unipolar del capital se sientan
en las mesas de "diálogo" lo hacen para humillar, pisotear y “ganar
tiempo”, para profundizar la agresión hacia pueblos o naciones considerados
débiles, dependientes, subordinados.
Mentir y desinformar: Un recurso recurrente
El mercado necesita afianzar sus mentiras como
si fueran verdades e instalarlas como tales en la conciencia colectiva. Resignificar
la historia, presentando a las conquistas sociales, a los derechos humanos
y a las democracias que los sustentaron, como causantes de la crisis social,
económica y financiera actual. Aspiran con ello a que, al final, la
glorificación del individualismo se instale y se consolide un rechazo
generalizado al bienestar social.
No es casualidad que sus voceros machaquen
-(mal)intencionada y constantemente- contra el socialismo (que no existe, salvo
como propósito o avance en algunas sociedades), que arremetan contra la
izquierda y el wokismo, identificando como tales a todo el sistema
democrático burgués que defienda y sostenga el “Estado de bienestar”
(capitalista, obviamente).[2]
Los actuales regentes del gran capital, con marcado énfasis en lo financiero y
tecnológico, lo quieren todo; no aceptan oposiciones, ni variaciones, ni
postergaciones, ni concesiones… Han optado para ello por dar vuelta a la
rueda de la historia en sentido contrario, resucitando -a la vez-,
conflictos propios de los tiempos previos a la 1ra guerra mundial.
En cualquier variante, la arremetida del tecnocapitalismo
financiero actual marca el fin del tiempo de los “Estados de bienestar” e
implica el fin del Estado de derecho, el avasallamiento de los derechos
individuales y también -de hecho-, de las constituciones que los instauraban y
respaldaban. Con el poder de las herramientas tecnológicas el capital avanza en
el control social y va imponiéndose “subrepticiamente” mediante el
miedo, las amenazas fantasmas, los despidos, la incertidumbre…
Consiguientemente, las bases jurídicas de sustentación ética, social, económica
y administrativa asentadas en las constituciones burguesas, son consideradas
ahora por el mercado, como ineficientes, innecesarias y socialmente
degenerativas.
La tan pretendida división e independencia de
poderes, la libertad de expresión, de conciencia... no son banderas que el
capitalismo de hoy busque enarbolar. La única libertad permitida y admitida es
la de los grandes capitales en aras de sus ganancias.
En síntesis
Lo expresado permite visibilizar la
configuración de una nueva época histórica, es decir, sustantivamente diferente
de la que predominó en el siglo XX.
Tomar conciencia del tiempo
histórico actual supone, en primer lugar, reconocer que el capitalismo
ha mutado sobre su propio eje. Ahondando las dimensiones de su genealogía,
hoy, en el siglo XXI, el capital revela como nunca el crecimiento exponencial
de su potencia de muerte, lo que define a la contradicción vida-muerte
como la problemática central de este tiempo histórico, omnipresente en las
dinámicas de las luchas sociales, en una pulseada histórica de imprevisibles
desenlaces, protagonizada por los pueblos defensores de la vida.
Se ha producido una
modificación raizal integral de la problemática a enfrentar. Ya no
es la superación de la explotación humana el problema que ocupa el centro de
los escenarios políticos, sino la defensa de la vida. Y esto atañe a la definición de las tareas, a la identificación de los
sujetos, y del horizonte de liberación…
Defender la vida constituye
el eje del quehacer político de los pueblos y define los términos de las
tareas claves de este tiempo, y otras que se irán identificando y
enfrentando o asumiendo. En torno a ellas se identifican y (auto)definen los
sujetos populares con voluntad y capacidad de organizarse para defenderla.
Y esto, de conjunto, delimita el tipo de organización política del
presente, una organización que los sujetos -conscientes del tiempo histórico
actual-, habrán de crear, construir y desarrollar para asumir los desafíos que
la defensa de la vida impone, y realizar las tareas que esta problemática
central demanda en el presente.
Requerimientos
políticos al campo popular
En este nuevo tiempo político toda organización política popular tiene
entre sus principales tareas, promover la articulación de las resistencias y
luchas de los movimientos sociales barriales, de trabajadores urbanos y
rurales, de indígenas, de campesinos, de mujeres, etc., en aras de fortalecer
el protagonismo de la diversidad de actores sociales y políticos en los ámbitos
urbano y rural. Esto requiere de una herramienta político-organizativa
capaz de promover y aportar elementos que contribuyan a que los actores
populares identifiquen y construyan los nexos o puentes articuladores de las
luchas, en la medida que -con ellos- van generando procesos de
interarticulación entre diversos actores, orientados hacia una convergencia de
mayor alcance político, en tanto abren posibilidades para la (auto)constitución
de un sujeto colectivo (sujeto plural). Cualidad política cada vez más
impostergable.
La
existencia de una gran diversidad de actores populares en
Indo-afro-latinoamérica y la necesidad de que estos se interarticulen para superar
la fragmentación y se propongan conformar un sujeto colectivo y plural,
demanda modificaciones raizales en la concepción, definición, estructura y
funcionamiento de la organización político-partidaria que se proponga expresar
y representar a dicho sujeto.
Un partido político basado en la modalidad pedagógica
de un “taller”
En este sentido, hoy resulta inútil un
“partido-sujeto” que pretenda sustituir y expresar -en esa sustitución-, a la
diversidad de actores sociales fragmentados. Por el contrario, se necesita un
tipo de partido político que se piense a sí mismo -y se constituya- como un
instrumento organizativo colectivo, abierto y dinámico, capaz de promover la
(auto)articulación horizontal de la diversidad de actores sociales y políticos,
es decir, en igualdad de condiciones entre todos y cada uno de ellos. (Esto
puede lograrse con la conformación de nuevos tipos de organización política por
parte de los actores populares o con la refundación de los actuales partidos de
izquierda, abiertos a convertirse en plataforma de articulación política para
los diversos actores sociales).
Se trataría de un nuevo tipo de
organización política, un instrumento organizacionalmente flexible,
creado y diseñado por una diversidad de actores sociales y políticos populares a
partir de sus experiencias de articulación y convergencia, en función de las
tareas que estos tienen que resolver en el momento concreto, conjugándolas con objetivos
socio transformadores hacia un horizonte de liberación definido colectivamente,
a partir de sus identidades y las experiencias acumuladas en años de
resistencia, luchas, disputa y construcción de poder popular desde abajo. Ello
es -a la vez-, resultado y expresión de la articulación horizontal de los
diversos actores sociales constituidos en actor colectivo, embrión y sostén de un
sujeto político plural cuya existencia fortalece a todos y cada uno de sus
creadores, potenciando su accionar político con proyección estratégica
emancipadora.
En este sentido, la organización política resulta
parte del actor (político) colectivo. Y, por tanto, su forma partidaria
más adecuada se corresponde con la de un taller de intercambios
analíticos situacionales y de pensamientos, promoviendo localmente -en cada una
de sus jurisdicciones-, el debate colectivo orientado a la elaboración de una
síntesis -en cada caso-, con decisiones orientadoras de la acción colectiva (a ser
elaborada en talleres diversos, hasta que -en base a sus conclusiones y
propuestas- sea factible elaborar una propuesta que sintetice al conjunto, y presentarla
a modo de hipótesis para debatirla o mejorarla y aprobarla en una modalidad de
asamblea-taller de toda la organización). Este es lo que defino como partido-taller:
una organización política flexibles, abierta y dinámica,[3] forjada
en las experiencias de resistencias, luchas y modalidades de organización de la
diversidad de actores sociales en Indo-afro-latinoamérica. Emerge inicialmente
de la articulación de diversos actores populares, abierta a
futuras incorporaciones.
No se trata de una sumatoria de actores; no es
una coordinación ni un frente; constituye una integración multidimensional de
actores y problemáticas, de identidades, trayectorias e historias, fortalecida
con la articulación de los saberes provenientes de las experiencias que aporta
dicha diversidad.
Sus militantes resultan educadores
populares (concepción finalmente integrada así en las prácticas
políticas). Están comprometidos con promover la construcción de saberes
colectivos, en tanto estos saberes constituyen parte de los cimientos de un poder
colectivo que potencia el protagonismo de los actores populares y el
fortalecimiento de sus capacidades conjuntas, en su organización, su
comunicación y en su acción sociotransformadora.[4]
Un partido que articule e integre lo social-reivindicativo,
lo comunitario y lo político
La creación-construcción de un partido-taller
(o —donde sea posible— un cambio radical en la conformación de los partidos
políticos de izquierda existentes), se asienta en la articulación e integración
de organizaciones del ámbito social (generalmente reivindicativo), de las
comunidades indígenas y sus demandas y propuestas, del ámbito político y sus
actores. Esto abrirá paso a la formación de una macro articulación sociopolítica
diversa y plural, orientada a buscar o crear caminos destinados a poner fin
a milenios de enajenación política, económica, social y cultural de los seres
humanos explotados y oprimidos, empezando por reconocer en ellos su capacidad
plena para protagonizar su historia.
No se trata de ampliar una supuesta condición
de “vanguardia” de los partidos de izquierda, y entonces, en vez de un partido
dirigente, reunir y fusionar a cinco o seis partidos en aras de alcanzar “la
unidad”.[5]
El desafío es crear y construir una organización política que integre,
articule y cohesione lo social (la diversidad de la sociedad) y lo político, y
a sus actores, desde la raíz, impulsando colectivamente la construcción de una organización
sociopolítica plural, generada por la articulación consciente de
diversas identidades, problemáticas y experiencias de los actores sociales
urbanos y rurales, comunidades indígenas y actores políticos, que se construya
desde abajo a partir de la participación directa y plena de la diversidad de
actores sociopolíticos. Y esto no puede lograrse con una organización
jerárquica, verticalista, donde los que dirigen se (auto)consideran -por ello-,
mejores o con mayores capacidades que los “dirigidos”.
Una lógica de
diálogo horizontal
La propuesta de un partido-taller
emerge de la articulación de diversos actores sociales, comunitarios y
políticos, para construir protagonismo y conciencia colectivos como sustrato
del poder popular. Ello reclama una base de equidad entre todos los
participantes, de ahí que su funcionamiento está anclado en interrelaciones
horizontales (es decir, no jerárquicas), entre la diversidad de actores y
actoras, sus identidades, cosmovisiones, experiencias y modos de vida,
aceptando las diferencias como fuente de enriquecimiento y no como “defectos”,
a la vez que promueven lazos de solidaridad y encuentro entre todos y todas, en
lo interno y hacia el exterior.
A diferencia de la polarización y el odio que
enfrenta y excluye lo diferente, la propuesta de un partido-taller se asienta y
promueve la creación de espacios de encuentro en los cuales la diversidad sea
cada vez más naturalmente asumida, potenciando el trabajo interaticulado y
creador que aporta la diversidad de protagonistas y sus experiencias de vida.
Esto alimenta el empoderamiento popular colectivo enraizado en una
hegemonía amplia y plural centrada en la defensa de la vida, núcleo central
para construir convergencias y acuerdos colectivos. Pero el hecho de que la defensa
de la vida constituya la problemática central de este tiempo, no
anula los antagonismos de clases ni los desconoce; los trasciende o, mejor
dicho, propone trascenderlos, precisamente, en aras luchar por la supervivencia
de la humanidad.[6]
La horizontalidad es un principio relacional,
no una forma organizativa. Esto implica que los actores protagonistas de las
articulaciones tendrán que esclarecer cuáles formatos, qué mecanismos y
dinámicas de funcionamiento emplearán en cada momento, particularmente en las
coyunturas de alta conflictividad, para sostener la coordinación estratégica en
la toma de decisiones colectiva y en la acumulación de poder. La experiencia
indica que los diversos protagonistas de las articulaciones, han encontrado colectivamente
formatos para sostener la toma de decisiones colectivas en los diferentes
momentos. Lo sorprendente han sido, en todo caso, las dificultades que se
presentaron en tiempos políticamente favorables, como ocurrió durante los
gobiernos populares, cuando -en vez de profundizar los lazos de articulación y
maduración del sujeto plural colectivo-, la preocupación por ocupar cargos
públicos, por tener mayores porcentajes en la representación institucional,
etc., condujo al estancamiento y resquebrajamiento y la rotura de los nexos
raizales que hicieron posible la articulación de los diversos actores
protagonistas, abriendo las puertas a nuevas sectorializaciones y al
resurgimiento del corporativismo. Pero esta situación no responde a la
existencia de un sujeto plural articulado, sino al estancamiento y fijación de
los nexos articuladores de la diversidad articulada, como si ellos fueran
permanentes, es decir, definidos de una vez para siempre. Lo cual es totalmente
alejado de la realidad de las dinámicas de la vida social y, por tanto, también
del quehacer político de los actores que las protagonizan.[7]
Precisamente por ello, resulta imprescindible
ir construyendo -y actualizando- colectivamente una base de apoyo, contención y
proyección en común que soporte a la diversidad. Como ocurrió, por ejemplo, en
la articulación o convergencia de amplios movimientos urbanos y comunidades
indígenas en defensa de sus derechos y en defensa de la soberanía, en la
llamada “guerra del agua”, en Cochabamba; y, más recientemente, en las grandes
movilizaciones impulsadas por comunidades indígenas de Guatemala, en defensa de
sus derechos y de sus territorios, contra la criminalización de sus dirigentes, contra el desalojo de sus tierras y
la judicialización de varias de sus acciones comunales. Ha significado también
la defensa y reivindicación del sistema político comunal,
un rechazo al secuestro de las
cajas electorales por parte de las autoridades estatales, y a otras acciones
que se suman a la cadena de agresiones contra las comunidades indígenas. Y todo
esto, articulado con la defensa de la democracia y del orden constitucional, en
tanto, desde el punto de vista comunitario, la defensa de la democracia
significa el respeto de la voluntad del pueblo.
Este eje, la defensa
de la democracia, ha sido y es uno de los nudos articuladores de la pluralidad
de diversos actores sociales y políticos urbanos, rurales y comunitarios,
motorizados en esa coyuntura por las comunidades indígenas, sostén y soporte orgánico de los diversos actores articulados en un
accionar colectivo orientado hacia dimensiones, espacios y problemáticas
amplias y abarcadoras, encaminadas a la transformación integral de la sociedad,
evitando que aquello que tradicionalmente se considera "lo
reivindicativo" o “lo comunitario” se extinga en lo que en nuestro
imaginario esperamos sea "lo político".
Una estructura flexible y abierta
Potenciar la organización para la actividad
transformadora de los actores-sujetos supone también la articulación de
diferentes modalidades organizativas y de articulación de las fuerzas sociales
populares. Y esto enfatiza la importancia de construir un partido-taller,
con modalidades de estructuras y funcionamientos flexibles, abiertas a
los cambios y a las nuevas incorporaciones de actores sociales, comunitarios o
políticos. Esto significa, entre variadas cuestiones, que no hay que
definir predeterminadamente un formato o estructura para el partido-taller que
se busque construir. Pues esta modalidad de organización política no responde a
un cambio de formato; no se trata de hacer un cambio de forma para mantener la
vieja propuesta partidaria verticalista y jerárquica, destinada al protagonismo
de pocos. Se trata de una concepción diferente acerca de la organización
partidaria, con una lógica raizalmente distinta de lo anterior; una
organización plural que responda a las organizaciones de base y al quehacer de
diversos actores sociales urbanos y rurales, sindicales, comunitarios y
políticos.
En cada situación y lugar, serán los actores
participantes quienes -basados en sus experiencias, con sus identidades,
confianzas construidas, cosmovisiones, intereses y propuestas-, irán definiendo
modalidades y formas de organización colectiva en cada momento y lugar de que
se trate. Esto indica, además, que no necesariamente se tratará de una única
articulación; el funcionamiento en red es parte de la concepción dinámica de
esta propuesta organizacional que resulta una red de redes.
Un componente fundamental en el desarrollo y
fortalecimiento del partido-taller es la movilización. Pero no la movilización
enfocada solamente en impulsar un objetivo concreto, sea la defensa de un
derecho de la naturaleza, o de un derecho humano, o la promoción de una ley,
etc., sino la movilización como una escuela de construcción de fuerza
popular, de organización y accionar coordinado, un proceso de aprendizaje y de
auto-reconocimiento de capacidades, de articulación de voluntades sea a escala
local, regional, nacional, que supone permanentemente que los actores
participantes realicen colectivamente un balance del esfuerzo realizado, de los
aciertos y errores, de los resultados obtenidos y, sobre todo, de lo aprendido,
sacando conclusiones enriquecidas con las enseñanzas y la identificación de los
desafíos venideros (hasta donde estos puedan preverse en el clima de
incertidumbres reinante).
Reclama:
• Un nuevo modo de articulación de los
actores: horizontal, plural, descolonizada e intercultural comprendiendo a todas
las dimensiones del quehacer de la vida social.
• Un nuevo modo de dirección: concertada
con la participación de todos, construida y definida de abajo para
arriba, por todos y cada uno de los actores protagonistas.[8]
Esto, a la vez, reclama transformaciones raizales en la representación
política, para que esta -lejos de suplantar el protagonismo y la participación
de los actores populares en la toma de decisiones-, los potencie sobre la base
de modos participativos colectivos de funcionamiento, de toma de decisiones y
gestión.
Hay múltiples ejemplos de organizaciones
sociales, comunitarias y políticas en este continente que se han desarrollado a
partir de estructuras abiertas y flexibles, con diálogo horizontal entre sus
miembros y la toma de decisiones colectiva para acciones conjuntas. Me refiero,
por ejemplo, entre otras experiencias, a organizaciones sociales barriales como
el Comité para la Defensa de los Derechos Barriales (COPADEBA), en República
Dominicana. Y, particularmente en lo referente a pensar un modo de organización
política para un sujeto plural, me refiero a un modo de organización de
organizaciones, por ejemplo la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) en
la Argentina de la década del 90, que reunió a múltiples organizaciones
sindicales, a trabajadores desempleados, al mundo de la cultura y el arte, a
movimientos indígenas originarios, a trabajadores rurales…; otro ejemplo lo da
la conformación del MAS-Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos,
en Bolivia, en los años 2004 y 2005, constituido sobre la base de la
articulación fundamental de cinco organizaciones sindicales, sociales y comunitarias;
las movilizaciones impulsadas por comunidades indígenas de Guatemala, en
defensa de sus derechos, contra el
desalojo de sus tierras y la judicialización de varias de sus acciones
comunales; la defensa de la democracia, que ha significado también, como se
expresó, la defensa y reivindicación del sistema político
comunal; y, también, la experiencia del Foro Ciudadano de República Dominicana,
una organización de organizaciones sociales y territoriales, con 25 años
de trayectoria.
Sin embargo, es bueno tener en cuenta en esta
nueva propuesta de construcción de un partido-taller, que la pluri-articulación
de lo político-partidario tradicional, con los movimientos sociales,
sindicales, urbanos y campesinos, con las comunidades indígenas, no resolverá per
se todos los problemas y contradicciones existentes en el campo popular.
La disputa con el poder del capital se
manifiesta en todos los ámbitos de las sociedades y también en el campo
popular. Aunque, en general, se tiende a asumir que las experiencias populares
contienen espontáneamente un potencial emancipador, las experiencias evidencian
precisamente que no todo ha sido ni será color de rosa.
Subrayar la importancia de ampliar el espacio
político y modificar el criterio tradicional de sus organizaciones para
reconocer también a otros actores tradicionalmente definidos como “sociales” o
“comunitarios”, podría conducir al error de interpretar que esto articulación
solucionará automáticamente las limitaciones que podría tener un proyecto
liberador.
Eso sería simplificar e idealizar realidades,
cuyos protagonistas -forjados en las dinámicas de conflictos, exclusiones,
estigmatizaciones, criminalizaciones…-, reproducen en sus organizaciones, en
sus subjetividades, tensiones conservadoras, patriarcales o autoritarias que
demandan también ser puestas en cuestión en los procesos de debate y disputa
ideológico-cultural encaminados a la creación y construcción de una nueva
hegemonía emancipadora, de liberación.
Su dinámica son los talleres
Un partido-taller (o una organización-taller),
resume el espíritu del nuevo tiempo participativo y horizontal con formatos
abiertos, dinámicos, agiles, interarticulados y organizados en redes. Esto, a
la vez, va germinando un nuevo modo de interrelacionarse, una nueva democracia,
una nueva sociedad y un nuevo tipo de Estado. Y –aunque en balbuceos aislados-
está siendo creado -y en construcción constante-, por los trabajadores y el
pueblo todo, conscientes de que no habrá nada nuevo mañana que no se siembre,
germine y se desarrolle en el presente…[9]
No hay un mañana diferente de lo que hagamos
en el presente. El futuro convive con nosotros en cada una de nuestras
actividades diarias. Y en ellas, la pedagogía del ejemplo vale más que mil
palabras.
Un nuevo tipo de representación política
1.
La representación política en cualquiera de
sus modalidades expresa y condensa un determinado modo de relación entre lo
social y lo político, que supone a su vez un determinado modo de entender las
interrelaciones entre lo que se conoce como sociedad civil y sociedad política,
entre Estado y sociedad y la intermediación que para ello se ha erigido desde
el poder hegemónico: los partidos políticos, establecidos como los
representantes y voceros de los ciudadanos de a pie ante las instancias
jurídica, política, y de gobierno, es decir, como mediadores entre la
sociedad (civil) y el Estado. Este tipo de mediación político-partidaria ha
establecido —representación mediante— el despojo de los derechos
políticos ciudadanos, reduciéndolos —en el mejor de los casos— al hecho de
votar por representantes parlamentarios, y algunas autoridades gubernamentales
nacionales, provinciales, municipales… cada cierto tiempo. Y esto ha implicado
de los ciudadanos, correlativamente, la delegación de sus facultades
políticas, haciendo de la ciudadanía una condición pasiva, disociada de la toma
de decisiones.[10]
Los partidos políticos de la clase obrera,
señala István Mészáros, asumieron esa fractura radical, al crearse y
desarrollarse en oposición a su adversario político dentro del Estado
capitalista, lo cual marcó, además, el modus operandi de esos partidos.
“De esa forma, todos los partidos políticos
obreros, inclusive el leninista, fueron incapaces de elaborar una alternativa
viable al capital. Al estar, dada su función de negación, centrados
exclusivamente en la dimensión política del adversario, permanecieron
absolutamente dependientes de su objeto de negación.” (Mészáros, 2001:75)
Esto es, precisamente, lo que encarna el modo
de representación política de izquierda conocido hasta ahora. Una
representación política que lejos de abonar un camino hacia la eliminación de
la enajenación política de los representados, la afianza y multiplica a partir
de recrear —como una grieta insalvable— la fragmentación entre lo social y lo
político y entre los actores sociales y políticos que actúan en uno u otro
"mundo".[11]
Como expresé en la introducción de Socialismo
o barbarie:
Desde el punto de vista estrictamente político,
ello viene a conjugarse con las reflexiones críticas y las relecturas acerca de
las relaciones entre movimiento social y representación política que he venido
sosteniendo como eje central de mis investigaciones y propuestas en lo relativo
a la construcción de poder, conciencia, organización y proyecto popular
alternativo desde abajo, lo que en primer y último lugar supone la constitución
(autoconstitución) de los actores‑sujetos involucrados en el proceso socio-transformador
como sujetos sociopolíticos del cambio. Como ello solo puede ser logrado
mediante la articulación de los fragmentos aislados (rearticulación, según
Mészáros), se trata en realidad de un proceso de constitución de los actores‑sujetos
en sujeto popular, lo que supone, tanto una reconstrucción desde la raíz (desde
abajo) de las relaciones entre lo político y lo social, un redimensionamiento
de la política, lo político, el poder y de su relación con la sociedad toda,
con la ciudadanía –interpelándola desde los cimientos-, como la superación
obligatoria de las fracturas históricamente construidas y constituidas entre
sociedad política y sociedad civil, entre Estado y sociedad, entre partidos y
movimientos. “...No hay esperanza de rearticulación radical del movimiento
socialista sin que se combine completamente el ‘brazo industrial’ del
trabajo con su ‘brazo político’.” (2005: punto 3.2. Cursivas del autor)
La afirmación
crítica de István Mésázaros acerca de que: “Los partidos obreros no fueron
capaces de elaborar una alternativa viable por estar, dada su función de
negación, centrados exclusivamente en la dimensión política del adversario,
permaneciendo así absolutamente dependientes de su objeto de negación”, (2005: punto
3.3) coincide con mis planteamientos acerca de la necesidad de “...construir
una dirección política sobre otras bases, una dirección política que lejos de
fracturar aún más lo social de lo político, y sus actores, los integre, articule
y cohesione desde la raíz, proyectando la construcción de una dirección
política colectiva que –en tanto tal‑ signifique conjugación consciente de
protagonismos, identidades, problemáticas y experiencias singulares, una
dirección política que se construya desde abajo con la participación directa de
todos los actores sociopolíticos.”[12] Esto
replantea el debate de la representación político‑social y el de la estructura
organizacional que la contendrá. Supone un nuevo modo de representación (sobre
nuevas bases), y un nuevo tipo de organización política de izquierda que, en
vez de erigirse por encima y separada de lo social, lo articule e integre
formando una instancia sociopolítica, buscando y construyendo colectivamente
caminos que pongan fin a milenios de enajenación política, social y cultural de
los seres humanos explotados y oprimidos, al colocarse y asumirse éstos con
capacidad para protagonizar su historia. Como señala el autor: “Sin una
rearticulación radical del movimiento socialista, la alternativa hegemónica
necesaria al sistema existente es inconcebible.” (En Meszáros, 2005, VI)
Se trata -en todas las dimensiones- de
confrontaciones con el PODER:
EL problema insoluble dentro del marco de las
instituciones políticas existente es la desigualdad fundamental entre el
capital y el trabajo en las relaciones de poder materiales de la sociedad
como totalidad, que se hace valer hasta tanto el modo de reproducción
metabólica establecido no se vea radicalmente alterado. […]
Porque
el poder del capital no está, y no puede estar, confinado a las funciones
productivas directas. A fin de controlarlas exitosamente, el capital debe
estar complementado con su propio modo de control político. La estructura de
mando material del capital no puede hacerse valer sin la estructura de mando
política englobadora del sistema. […]
[…] la
cuestión fundamental atañe a la relación estructural entre el marco
político parlamentario y el modo de reproducción metabólica social existente
totalmente dominada por el capital. (Mészáros, 2001: 843)
El
divorcio entre la economía y la política que eminentemente favoreció al desarrollo
histórico del sistema del capital, representó, por contraste, un enorme desafío
para el movimiento laboral, al que éste no pudo responder. El fracaso de la
izquierda histórica estuvo indisolublemente unido a esa circunstancia.
Porque la articulación defensiva del movimiento socialista reflejó
directamente y se amoldó a ese divorcio. […]
Porque el capital, tal y como está constituido
materialmente –gracias al trabajo alienado y almacenado- representa realmente y
objetivamente al poder productivo social del trabajo. Esta relación objetiva de
dominación estructural es la que halla su adecuada personificación también en
las instituciones políticas del sistema del capital. Por eso la pluralidad de
capitales sí puede ser representada apropiadamente dentro del marco de la
política parlamentaria en tanto que el trabajo no puede serlo. […] (Mészáros,
2001: 844)
Mantener la dimensión política bajo una
autoridad por separado, divorciada de las funciones reproductivas materiales de
la fuerza laboral significa retener la dependencia y subordinación estructural
del trabajo, haciendo con ello imposible también dar los pasos subsiguientes en
dirección a una transformación [socialista] del orden social establecido
sostenible. (Mészáros, 2001: 845)
Esto evidencia que, en la base del debate
sobre organización política, sus formas, modalidades de organización y
representación, se expresan y se ponen en tensión -o no-, relaciones y
concepciones de poder, sus personificaciones y protagonistas, se define la
continuidad de subordinaciones o la apertura de procesos emancipadores.
Un aspecto de ello supone superar el esquema
tradicional de representación política, en el cual -a la clase obrera, al
pueblo y a las comunidades indígenas- les es reservado —en tanto
"masa"—, el derecho político de participar silenciosamente, para
convalidar decisiones tomadas sin su concurso y hacerlas efectivas mediante su
actividad (práctica). En el acto electoral, con su voto delegan su capacidad
de pensar, de decidir, de crear y de asumir la responsabilidad que significa
hacerse cargo de los resultados concretos de sus decisiones. Junto con el voto,
delegan también el derecho a soñar y a equivocarse en el acto emancipatorio de
la creación colectiva.
Es así como el modo de reproducción metabólica
social del capital se vuelve eternizada y legitimada como un sistema legalmente
indesafiable. La contienda legítima es admisible sólo en relación con algunos
aspectos de menor monta de la inalterable estructura general. (Mészáros, 2001:
852)
Superar la modalidad de representación por
despojo, su contenido y su esquema relacionante entre representantes y
representados, resulta fundamental para las transformaciones raizales del
sistema del capital. En este sentido, resulta -cuando menos- un paso de avance,
asumir la propuesta de construir un partido-taller sociopolítico, que se
reconozca (y sea realmente) participativo y horizontal, y que inscriba su razón
de ser y su actividad como parte de un proceso colectivo de democratización y
empoderamiento raizales. Que sea -a la vez-, un instrumento y un camino de los
desposeídos para la superación de la enajenación político-social-cultural, y un
medio de superación del divorcio entre los representados y los representantes
(también alienados por (auto)sobresaturación de —lo que consideran— "su
papel").
2.
Un desafío es buscar, crear y probar nuevas
formas de representación, asentadas en la participación integral (e
interdependiente) de los protagonistas, creando modalidades asamblearias y
talleres de trabajo colectivos, que potencien la creatividad y el protagonismo
de todos y cada uno de los actores/as en la toma de decisiones, como dinámica
de funcionamiento de la articulación “partido”, contribuyendo -de conjunto- a
hacer emerger a la clase trabajadora, al pueblo y a las comunidades indígenas -articulados-,
en sujetos de su historia.
Entre estas nuevas formas de representación estarían
las “vocerías”, dado que los nuevos representantes (voceros) no podrían decidir
por su cuenta qué hacer ni cuál posición política asumir, al margen de la
interacción con sus representados, en cada caso. Se asientan en la democracia
directa —conjugando diversas modalidades—, y se construyen sobre la base de la
participación plena desde abajo, de todos y cada uno de los representados, en
cada sector, territorio, comunidad. Sería algo así como "mandar obedeciendo",
como señalaron los zapatistas, aunque en realidad, no se trataría de “mandar”,
sino de conducir el proceso para hacer cumplir las decisiones discutidas y
asumidas colectivamente sobre la base de la participación directa y plena de
todos los involucrados en el proceso en cuestión.
El desarrollo concreto de nuevas modalidades
de “representación” mediante la transformación de los representantes
en voceros del conjunto social, laboral, comunitario, urbano y campesino
que “representan”, contribuirá -por ser parte de ellos-, con los procesos de
superación de la enajenación política del pueblo, estimulando el desarrollo de
dinámicas constantes y multidimensionales de participación-apropiación
protagónica de todos y cada uno de los actores del proceso de transformación
mismo, hacia su liberación.
Para ello resulta central democratizar todos
los ámbitos de presencia y organización de los actores sociopolíticos, impulsar
la participación consciente de todos y cada uno de ellos en cada etapa del
proceso. Porque son ellos, los actores-sujetos concretos, los que irán
definiendo —en interacción con las circunstancias socioeconómicas y culturales
nacionales e internacionales—, la marcha del proceso, el ritmo y la profundidad
de las transformaciones.
En tal sentido, la actividad
comunicacional, la transparencia y el intercambio fluido de la
información, de las experiencias compartidas, completa el enfoque integral
de la dinámica organizacional del partido-taller, fortaleciendo la construcción
de una capacidad colectiva de coordinar ágil y eficazmente las acciones
y actuar rápidamente ante la información falsa y las dinámicas malintencionadas
dirigidas a confundir y debilitar el accionar popular, por ejemplo, disputando
la significación político-ideológica que se busca instalar en la conciencia
colectiva ante acciones, disposiciones políticas o económicas, ante la sanción
de leyes, recortes presupuestarios, etcétera.
Todo esto modifica la lógica de la construcción política (y del debate):
no se trata ya de que "la línea" política “esté” predefinida y
empaquetada por grupos "iluminados", que luego estos “bajan” al
conjunto de la militancia y al pueblo. La lucha contra la enajenación política
de los seres humanos abarca y presupone la participación plena de los diversos
actores sociopolíticos en la elaboración-definición y toma de decisiones, paso
a paso, de las acciones a emprender en cada momento y lugar y, también, en la
creación y definición del proyecto superador del capitalismo, el cual —así
concebido—, resulta igualmente un resultado de la creación y conciencia
colectivas.
3.
Nada cambiará repentinamente “al final” del
camino, los cambios del mañana comienzan en el presente, entre otras razones
porque no hay un “final del camino”, se trata de un proceso permanente de
contradicciones, cambios, creaciones, luchas y nuevos cambios… El ser humano
nuevo está en permanente construcción y creación, enriquecido con nuevas
pedagogías democráticas, participativas, y mediante conductas éticas acuñadas
en prácticas continuas durante años.
En este sentido, resultan significativas las
actividades político-pedagógicas de recuperación y reflexión crítica de sus
experiencias concretas de construcción de poder propio, creando ámbitos
colectivos de intercambio y producción de pensamiento crítico de sus procesos,
contribuyendo efectivamente al crecimiento y fortalecimiento de la conciencia
colectiva. Abrir espacios para periódicas reflexiones acerca de nuevas
experiencias en realidades cambiantes, resulta vital para el desarrollo
político-cultural de los movimientos sociopolíticos (y el campo popular todo).
Un nuevo tipo de militante: el anticuadro[13]
Romper con la fragmentación de realidades y
conciencias con enfoques o miradas integrales resulta, además de necesario,
parte de una nueva concepción acerca del sentido y el quehacer de la militancia
política de izquierda, en correspondencia con las experiencias de lucha y
organización de los pueblos y por tanto, también generadora e impulsora de
nuevas formas de organización político-partidarias que los pueblos tienen que
crear, construir a partir de sus experiencias y potenciarlas con su
participación protagónica, en disputa cultural con la lógica del capital.
En la nueva propuesta de organización
político-partidaria en modo taller, en tanto no se trata de construir un
“partido de cuadros” como en el siglo XX, el concepto “cuadro” es puesto en
cuestión. Los hipotéticos cuadros del pasado y sus modalidades de acción
política resultan hoy contraproducentes; constituyen un obstáculo para la
construcción colectiva de una organización política por la diversidad de
actores sujetos, con sus saberes y sabidurías, articulados horizontalmente para
tomar decisiones en base a la participación orgánica del conjunto diverso y
plural.
El viejo cuadro,
todólogo, que llegaba y “orientaba”
(ordenaba) porque –supuestamente- sabía todo, está fuera de época… La experiencia ha evidenciado que la labor de los “cuadros” militantes
(como la de sus partidos políticos) no consiste en suplantar a pueblos
-supuestamente “ignorantes o enajenados”. Hoy es indispensable que las
organizaciones partidarias preexistentes se sumen a los diversos actores
sociales y políticos promoviendo su articulación y organización conjunta para
protagonizar las luchas, para tomar las riendas de los destinos de sus vidas.
De ahí la importancia de que la
militancia se piense y proyecte social y políticamente como anticuadros, capaces de desafiar las
viejas modalidades del saber hacer, para construir saberes (y organización) colectivos en cada lugar de
trabajo, en las comunidades, en lo nacional y en lo internacional, en
interacción dinámica con el pensamiento crítico, la filosofía y la ética de
liberación.
En conjunto, estos procesos contribuyen a
consolidar la formación teórica, anclada con las epistemologías
emancipatorias del Sur Global, para a estimular el pensamiento crítico
emancipador, basamento de la conciencia colectiva con capacidades de desarrollo
del pensamiento propio de los pueblos, indispensable para salir de las
dependencias de cualquier tipo. Todo ello, articulado y fortalecido con
procesos de intercambio y aprendizaje de las experiencias populares, para
reflexionar críticamente acerca de ellas -sin pretender exportarlas ni
copiarlas. Esto, entrelazado con el desarrollo constante de procesos
descolonizados interculturales que promuevan el diálogo de saberes,
fortaleciendo y rescatando capacidades y saberes diversos para encaminarse
hacia lo que será un intelectual colectivo. Esto es parte de la dinámica actual
de los procesos de crecimiento, disputa de poderes y hegemonías, para el
desarrollo de la conciencia crítica, anclada en el intercambio de saberes y
aprendizajes de los pueblos a escala mundial.
Reinventar la militancia y la acción políticas
De ahí la necesidad de gestar anticuadros:
el militante o la militante que dialoga, consulta y escucha a compañeros o
vecinos, que promueve la participación, conciencia y organización para
construir conocimiento en conjunto y tomar decisiones colectivamente.
Su misión es, en primer lugar, informar a los demás e informarse.
Tiene que informarse y saber desde abajo
como está cada trabajador, su equipamiento de trabajo, y cómo se desarrollan
las relaciones entre los trabajadores en cada sección o área laboral, o en la
comunidad. Por otro lado, debe ser un informador por excelencia: para
intervenir en las discusiones y decisiones el pueblo necesita tener
información. Es vital brindar información y también informarse; y escuchar a
los compañeros y compañeras en el trabajo, en el sindicato, en el movimiento
social, en el partido político, en la comunidad…
Un segundo aspecto a subrayar es la formación:
formar y formarse es insoslayable. Y resulta central, en este sentido,
comprender que toda la actividad del militante o (anti)cuadro es pedagógica y
política.
La Educación Popular enseña que el
educador debe ser educado, y que el pueblo tiene un saber, aunque ese saber
esté disperso, fragmentado. La tarea del (anti)cuadro, en este sentido, es en
primer lugar, lograr que los compañeros expongan sus saberes fragmentados (que
los hagan conscientes), para -sobre esa base-, organizar -en talleres- esos
saberes dispersos, articularlos para construir un saber colectivo, y
convertirlo en un instrumento para la acción transformadora de todos y cada
uno, en lo laboral, comunitario o político-social.
Esta es una importante tarea y responsabilidad
del anticuadro, que no tiene que decir cómo se deben hacer las cosas,
sino construir entre todos qué es lo que todos dicen que se tiene que
hacer y cómo. A partir de allí, potenciar la herramienta transformadora,
la organización para lograr los fines y emprender la acción que la acompaña. En
esto consiste, además, el nuevo tipo de concepción y funcionamiento de una organización-taller,
un partido-taller…
Esto es fundamental también en las
organizaciones barriales, en las organizaciones sociales, en las organizaciones
sindicales, en las organizaciones comunitarias.
Las
asambleas requieren transformarse. Porque es imposible
que fluya la participación en reuniones con grandes cantidades de compañeros y
compañeras. Por más que se tenga toda la voluntad, no es posible. ¿Cómo hacer
entonces para promover la participación democrática?
Una vía es reunirse en pequeños grupos,
compartir allí los elementos que se tengan, debatiendo persona a persona,
informando y escuchando, construyendo propuestas colectivamente desde abajo,
para –sobre esa base- confluir en la asamblea general. Esta sería entonces un
ámbito de socialización y puesta en común de las propuestas y reflexiones de
cada cual, para tomar las decisiones de conjunto, habiendo reunido la mayor
cantidad de elementos e información posibles, en base a la participación
democrática real de cada trabajador/a, de cada vecino/a, de cada militante
social o político.
Esto, a su vez, construye unidad desde abajo:
dialogar, construir, sumar, no excluir. Es importante tener presente que cada
persona tiene una historia de vida y una trayectoria política propia,
diferente, y que resulta un despropósito excluir a cada uno que piensa
diferente; no habría posibilidad de organización colectiva entonces. La unidad
es unidad de lo diverso, y esto llama a respetar las historias distintas, a la
tolerancia y la aceptación de lo diferente como llave para encontrar los
puentes que constituyan un fundamento para una necesaria articulación.
Cada vez
que se excluye a alguien hay una derrota por no haber
logrado escuchar, aceptar y sumar a esa persona. La exclusión no es un logro en
aras de una pureza inexistente, sino una derrota. Es la muestra palpable de la
incapacidad para comunicarse y articular con el otro, con la otra. ¿Habrá
exclusiones? Posiblemente, pero las que ocurran deben ser autoexclusiones.
El anticuadro, lejos de buscar la
pureza entre sus pares, está llamado a buscar y convocar a lo diverso y
diferente para articular, construir, crecer y marchar juntos, unidos hacia la
conquista de los objetivos colectivamente identificados.
Promover la construcción de un sujeto
colectivo diverso y articulado para orientarse hacia transformaciones mayores,
es parte de las responsabilidades políticas y sociales de los anticuadros.
Hacerlo realidad cotidianamente contribuye a la creación de una nueva cultura
no-capitalista, no individualista, que se va gestando y construyendo en cada
acción, en cada ámbito social y político.
Los anticuadros resultan, en este
sentido, simiente, alma y dinamizadores de (lo que será) un nuevo tipo de
organización política, social, sindical, campesina, de mujeres… son un
factor vivo y vital para el partido-taller, estructurado sobre la base
del principio de horizontalidad y participación democrática de su
militancia, de todos los actores que lo conforman, y del pueblo trabajador en
sus diversos ámbitos y modalidades de existencia y organización.
En tal empeño, la propuesta del partido-taller,
impulsado, en primer término, por el quehacer democrático y democratizador
horizontal de un amplio torrente de militancia activa expresada en los anticuadros,
tiene hoy las llaves del futuro.
Organización partidaria y conducción política
popular colectiva
Distinguir entre partido político y conducción
política es importante, pues la conducción ya no es responsabilidad ni
“tarea histórica” de un partido (de vanguardia). Emergerá de la construcción de
una fuerza sociopolítica de liberación, una fuerza de gran amplitud que
el sujeto plural popular con su herramienta: el partido-taller, habrá de
articular y constituir.
►No se parte de cero: En diferentes
coyunturas, los diversos actores sociales y políticos desarrollan procesos de
luchas en los cuales van acumulando experiencias, conciencia y organización.
Ello se expresa en formas y modos de dirección de dichos procesos que enriquecen
la experiencia histórica colectiva.
►El lugar del liderazgo de las fuerzas
populares está sujeto a variaciones: en un momento puede ser ocupado por un
actor o conjunto de actores sociopolíticos y luego no, pueden darse casos en
que un actor que integró la dirección de un proceso de lucha en determinado
momento, luego, en otro, ni siquiera forme parte de la instancia de
articulación, pueden abrirse incluso —la historia latinoamericana lo
demuestra—, espacios y situaciones en que un liderazgo individual actúe como
catalizador del proceso colectivo, lanzando al movimiento hacia retos
superiores de construcción y tareas.[14]
Esto supone incorporar un criterio flexible y
creativo en lo referente a la organización, a los roles, juicios, métodos de
trabajo, la estructura interna, etcétera, de esa instancia colectiva de
dirección, ya que los actores sociopolíticos habrán de construir sus
articulaciones de modos diferentes ante conflictos también diferentes y en
momentos diferentes y cambiantes.
¿Qué hace posible entonces que una fuerza o un
conjunto de fuerzas ocupe el lugar de liderazgo social y político en un momento
dado? Además de la problemática principal a enfrentar, la capacidad que tengan
o puedan alcanzar los actores sociales, políticos o sociopolíticos para lograr
la mayor articulación posible en ese momento. Esta capacidad de articulación se
asienta y fortalece en el ejercicio permanente de articulaciones entre los
diversos sectores, grupos, clases (y al interior de cada uno de ellos).
►Ninguna instancia organizativa o
institucional puede sustituir a los protagonistas en sus decisiones. Sujeto
plural y conducción se intercondicionan.
Esta idea tiene carácter de principio. Porque
si el sujeto no es reductible (ni equiparable) a una organización política,
tampoco lo es respecto de las instancias institucionales ni a las de
conducción.
Como expresé en Refundar la política:
No son las instituciones, ni los
funcionarios, ni las leyes, ni los partidos políticos, los sujetos del cambio, sino los pueblos.
El territorio revolucionario está en las
calles, en los barrios, en las comunidades, en las comunas, en las fábricas, en
el campo. Es decir, donde habitan los trabajadores informales, los obreros, las
mujeres, los jóvenes, los trabajadores del campo, los pequeños campesinos, los
comuneros, las poblaciones indígenas originarias, los pobladores urbanos de
barrios históricamente marginados… y sus organizaciones sociales. El nuevo
poder popular instituyente nace y crece allí, en la creación y construcción de
lo nuevo por los protagonistas sociopolíticos del proceso: los pueblos. Este
proceso constituye, simultáneamente, la base material que posibilita la
articulación intersectorial popular hacia la (auto)constitución de sus
integrantes en sujetos políticos de los cambios. Atender constantemente a ello
es uno de los desafíos políticos centrales de todo el proceso de cambios y no
puede obviarse o secundarizarse.
Entre las responsabilidades políticas de
gobernantes y funcionarios progresistas o revolucionarios está la de abrir las instituciones y su
funcionamiento a la participación popular
protagónica; favorecer el empoderamiento del pueblo y el desarrollo de sus
nuevas modalidades democráticas de participación y representación, con sus
nuevas institucionalidades e instituciones.
Si no se abren las compuertas del poder
institucional estatal y gubernamental a la información, participación y control
de los pueblos, no hay posibilidad de cambio revolucionario ni de reformas de
fondo; el reciclaje se impone y los intentos revolucionarios terminan o
terminarán ahogados –en el mejor de los casos‑, por el reformismo restaurador.
Esto lo revelan muy claramente, por ejemplo, las palabras de Lorena Peña,
Diputada del FMLN y Presidenta de la Asamblea Legislativa del El Salvador,
cuando –frente a los intentos de desestabilización del gobierno del FMLN desde
el ámbito del Tribunal Supremo de Justicia de ese país‑, afirma: “Lo nuestro
está en las calles y no en la guerra institucional.” (Entrevistada por mí;
inédita)
Las experiencias enseñan que es insuficiente
tener “buenos gobernantes” en cargos institucionales; hay que transformar
también las instituciones y las bases sociales, jurídicas, económicas y
políticas de su funcionamiento. Y ello reclama la articulación de empeños desde
“arriba” con la participación protagónica de los “de abajo”, abriendo procesos
integrales de empoderamiento popular. Los hechos del último año evidencian, por
si quedara alguna duda, que la posibilidad de la soberanía de los pueblos está
anudada a procesos raizales de cambio social y a la construcción y
reconstrucción constante del sujeto popular colectivo. (Rauber, 2017: 25)
►La conducción política no es el sujeto
político de los cambios, sino el instrumento definido y adoptado por los
diferentes actores sociopolíticos y comunitarios, articulados en determinados
momentos (coyunturas) del proceso sociotransformador, con la finalidad de
lograr los objetivos propuestos en ese momento, delineado, tal vez, con
diversas articulaciones, experiencias colectivas de entrelazamiento que abonan la
conformación de un proceso encadenado estratégicamente. Las formas de
conducción, así como las herramientas orgánicas construidas para realizarla,
resultan también instrumentales, pues son los actores populares (sociales,
comunitarios y políticos) quienes las van creando, definiendo y construyendo, y
no a la inversa.
Tal afirmación puede parecer obvia, pero no
resulta tan obvio comprender el profundo significado político que encierra: no
se puede hablar de la existencia de sujetos políticos, si estos no expresan su
voluntad y conciencia orgánicamente estructurada por ellos para alcanzar sus
objetivos. Pero, en ningún caso, los sujetos son idénticos a su expresión
organizativa, no se reducen ni se limitan a ella.
►Una conducción política no resulta
directamente de la articulación de los actores sociopolíticos fragmentados; es
necesario también la confluencia de otros factores insoslayables: a) Ser
capaces de subordinar los conflictos del poder a los intereses y necesidades de
las luchas sociales, o sea, romper con el estado (predominante) de la
correlación política de fuerzas, que subordina las luchas sociales a los
intereses de los conflictos (y necesidades) de los sectores del poder. b) Tener
capacidad de anticipación y —sobre esa base—, c) Desarrollar la posibilidad de
cambiar sobre la marcha el rumbo prefijado, según lo exija la trayectoria de
los acontecimientos, es decir, adecuar el ritmo de lucha, su convocatoria,
articulación y conducción a las nuevas exigencias u oportunidades que va
generando el proceso.
En este empeño, un partido-taller desempeña un
papel central -en tanto emergente de la articulación de la mayoría de los
actores sociales y políticos-, llamándose a trascender sus fronteras orgánicas
para convocar, crear y construir una muy amplia articulación política y social
que sea sustrato para generar una conducción política estratégica colectiva,
plural, interarticulada capaz de potenciar el quehacer sociotransformador emancipatorio
del sujeto plural popular.
Así lo comprendió Mariátegui el 1 de mayo de
1924, cuando sostuvo que:
Formar un frente
unido es ejecutar un acto de solidaridad en lo que dice respecto a un problema
concreto y una necesidad urgente. Eso no significa renunciar a las teorías que
cada partido sustenta ni a la posición que cada uno ocupa en la vanguardia. Una
variedad de tendencias y de grupos bien definidos y distintos no es un mal; al
contrario, es una señal de un período avanzado en el proceso revolucionario. Lo
que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan cómo actuar en
conciliación frente a la realidad concreta del día a día. [...] Que no empleen
sus armas [...] para herirse el uno al otro, pero sí para combatir el orden
social, sus instituciones, sus injusticias, y sus crímenes. (1924: 253-54)
Construir una amplia fuerza social de liberación
que articule su accionar político en los ámbitos parlamentario y
extraparlamentario
La hipótesis es, en este sentido: construir un
amplio movimiento sociopolítico que articule estratégicamente a las fuerzas
parlamentarias y extraparlamentarias de los trabajadores y el pueblo, en
disputa raizal con las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria
del capital (local‑global). Esto no se refiere una cuestión organizativa;
supone el despliegue interarticulado de múltiples actores de la vida
socioeconómica, centrados en la disputa por el sentido común, por la opinión
pública, por la hegemonía emancipatoria social, política, económica y cultural
de las mayorías populares.
Por eso resulta fundamental que, en el caso de
una participación electoral, esta se afinque y desarrolle articulada con el proceso
político de construcción de una amplia fuerza social extraparlamentaria, que se
proponga acumular y avanzar integralmente hacia transformaciones raizales que
pongan en cuestión el poder del capital en su desdoblamiento económico y
político para el control y la dominación de la sociedad.
La contienda entre el
capital y el trabajo dentro del marco del sistema parlamentario no fue nunca
“equitativa e igual”, ni podría serlo jamás. Porque el capital no es en sí una
fuerza parlamentaria, a pesar del hecho de que sus intereses pueden ser
apropiadamente representados en el parlamento, como mencionamos antes. Lo que
obligadamente decide de antemano en contra del trabajo la confrontación
política con el capital confinado al parlamento es la incorregible
circunstancia de que el capital social total no puede evitar ser la fuerza
extraparlamentaria por excelencia. (Meszáros, 2001: 847)
El desafío supone para los sujetos, crear y
construir una alternativa nacional y –a la vez‑ continental, de liberación con
los trabajadores y el pueblo, en tanto colectivamente estén determinados a ir más
allá del capitalismo, encaminándose a la creación de una nueva sociedad,
creada y construida –desde abajo y día a día‑ colectivamente por el sujeto
plural articulado. Este es el sentido estratégico y la significación política
central de la construcción de un movimiento político-social, articulador
–horizontal‑ de una amplia fuerza social parlamentaria y extraparlamentaria de
los trabajadores y el pueblo.
Como manifiesta Mészáros:
Sin un desafío extraparlamentario orientado y sostenido
estratégicamente, los partidos que se alternan en el gobierno pueden continuar
funcionando como convenientes coartadas recíprocas al fracaso
estructural del sistema para con el trabajo, confinando así efectivamente el
papel del movimiento laboral a su posición de plato de segunda mesa,
inconveniente pero marginable en el sistema parlamentario del capital.
Por consiguiente, en relación con el terreno reproductivo material y con el
político, la constitución de un movimiento de masas extraparlamentario
socialista estratégicamente viable –en conjunción con las formas tradicionales
de organización política del trabajo, para el presente irremisiblemente
desencaminadas, que necesitan perentoriamente de la presión y el apoyo
radicalizadores de las fuerzas extraparlamentarias- es una precondición
vital para contrarrestar el inmenso poder extraparlamentario del capital.
[2001-a: 849]
La
participación electoral de fuerzas populares es importante y necesaria, en
tanto es parte del camino a recorrer en los procesos de transformación social.
Lo central es definir cómo se efectúa esa participación electoral, quiénes la coordinan o encabezan, dentro de qué estrategia y
articulación con un horizonte estratégico de liberación. Esto se relaciona
directamente con el tipo de organización política, con su funcionamiento e
interrelación con la diversidad de actores sociales, comunitarios y también
políticos, entendiendo que -de conjunto- son protagonistas del cambio social, y
conforman el sujeto político plural del proceso sociotransformador.[15]
Articulando propuestas, reclamos sectoriales e
intersectoriales en la definición de un programa común, pueden colocarse las
bases para la constitución de una amplia fuerza social extraparlamentaria de
liberación, fundamento para la participación parlamentaria popular
que posibilite al gobierno popular contar un instrumento y la fuerza de todo el
pueblo para la transformación raizal de la sociedad (superación del
capitalismo).
Esta fuerza social multiplica la potencialidad
transformadora colectiva pues conjuga la acción gubernamental y parlamentaria
con un fuerte movimiento extraparlamentario de liberación de los trabajadores y
del pueblo en su diversidad. En esta perspectiva, estar en el gobierno
significa para los sectores populares, contar con un instrumento privilegiado
para impulsar la formación y maduración del sujeto sociotransformador
colectivo, de su conciencia, sus organizaciones y su proyecto.[16]
Por
el contrario, la falta de convergencia y articulación (para la unidad) de los
diversos actores sociales y políticos, sumada a la escasa formación política,
la sectorialización y el corporativismo… y el distanciamiento creciente de los
gobernantes, coloca a las organizaciones sociales, a las comunidades, y a la
ciudadanía soberana de los pueblos, en situación de subordinación a los
intereses de los poderosos.
En cuanto concierne a
los representantes políticos del trabajo, el asunto no es simplemente el del
fracaso personal o la rendición ante las tentaciones y recompensas de su
posición privilegiada cuando están en el cargo. Es mucho más serio que eso. El
problema está en que como jefes o ministros de los gobiernos se supone que
están capacitados para controlar políticamente el sistema y no hacen nada por
el estilo. Porque operan dentro del terreno político decidido a priori a favor
del capital por las existentes estructuras de poder de su modo de reproducción
metabólica social. Sin desafiar radicalmente y desmantelar materialmente las
estructuras fuertemente afianzadas y el modo de control metabólico social del
capital, la capitulación ante el poder del capital es sólo cuestión de
tiempo […]. (Mészáros, 2001:845)
Cuando la participación de fuerzas de
izquierda en gobiernos locales o nacionales termina aceptando o incluso
promoviendo las políticas del neoliberalismo aspirando a ser “aceptados” por el
capital y sus personificaciones -además de que conduce a perder el sentido
político estratégico transformador que podría significar la participación
popular gubernamental-, generalmente desvía el proceso social hacia
posicionamientos personales. Los casos más evidentes resultan ser, tal vez, los
de parlamentarios de izquierda que llegan a ser tales en nombre de movimientos
sociales u organizaciones políticas de izquierda y luego ‑cortando todo vínculo‑
se dedican a hacer de la bancada un ámbito para sus ambiciones personales, un
lucrativo “puesto de trabajo”. En tal caso, por muy buenas intenciones que se
tengan, las elecciones terminan tragándose la perspectiva de transformación
social de los que participan en el gobierno. Ejemplos sobran de ello en
Latinoamérica y en el mundo, en un sentido y en otro. Es el juego del poder; de
ahí que la participación electoral constituya un desafío inmenso para las
organizaciones sociales y políticas populares.
Por consiguiente el
papel del movimiento extraparlamentario del trabajo es doble. Por una parte,
tiene que hacer valer los intereses del trabajo como alternativa metabólica
social enfrentando y negando enérgicamente en términos prácticos las
determinaciones estructurales del orden establecido manifiesta en la relación
del capital y en la concomitante subordinación del trabajo en el proceso de
reproducción socioeconómica, en lugar de ayudar a re-estabilizar el capital en
crisis como ocurrió en importantes coyunturas del pasado reformista. Al mismo
tiempo, por otra parte, el poder político del capital que prevalece en el
parlamento necesita ser y puede ser desafiado mediante la presión que puedan
ejercer las formas de acción extraparlamentarias sobre el poder legislativo y
sobre el poder ejecutivo […] Sin un desafío extraparlamentario orientado y
sostenido estratégicamente, los partidos que se alternan en el gobierno pueden
continuar funcionando como convenientes coartadas recíprocas al fracaso
estructural del sistema para con el trabajo, confinando así efectivamente el
papel del movimiento laboral a su posición como un plato de segunda mesa
inconveniente pero marginable en el sistema parlamentario del capital.
Por consiguiente, en relación con el terreno reproductivo material y con el
político, la constitución de un movimiento de masas extraparlamentario
socialista estratégicamente viable –en conjunción con las formas
tradicionales de organización política del trabajo, para el presente irremisiblemente
desencaminadas, que necesitan perentoriamente de la presión y el apoyo
radicalizadores de las fuerzas extraparlamentarias- es una precondición
vital para contrarrestar el inmenso poder extraparlamentario del capital.
(Mészáros, 2001: 848-849)
En todo momento del proceso hay que optar y
ratificar (o rectificar) a favor de quiénes, de qué políticas y con quiénes se gobierna
y transforma, y esta es siempre una opción consciente, individual y colectiva. Para
sostenerla hay que alimentarla y reconstruirla cotidianamente desde abajo, a
partir de la participación de actores sociales y comunales diversos,
articulados en una amplia fuerza social extraparlamentaria de liberación
para el bien común.
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[1] Esto no se solucionará
con autocríticas clásicas (declaraciones, arrepentimientos…), pero ciertamente es
importante reflexionar críticamente sobre el pasado reciente (últimos cincuenta
años, mínimamente), con proyección propositiva para la superación de tales
actitudes. No es la solución completa, pero es parte de esta, en primer lugar,
porque significa una apertura y una disposición a atender a las realidades de
este tiempo histórico en cada lugar y a sus actores.
[2] El socialismo no es hoy
una “amenaza” para el capital, pero sus voceros se encargan de recordarlo en
todo instante cargándolo de significación negativa. Y no lo hacen porque estén
locos; saben que la barbarie que producen actualmente convocará a nuevas revoluciones,
un futuro históricamente no muy lejano cuya emergencia pretenden obturar
-demonización mediante-, para “siempre”.
[3] Es importante sacudirse
prejuicios y dogmas para comprender qué se trata. Pues esta propuesta no niega
la existencia de centralización, ni de conducción/nes para llevar adelante las
actividades colectivamente definidas. No hay que confundir el principio de
horizontalidad con espontaneísmo, con que cada uno se autoconvoque cuando
quiera, con dispersión… Al contrario. Esta modalidad de estructuración y funcionamiento
partidario -aunque aparentemente más lenta en su funcionamiento- garantiza
resultados conscientemente elaborados y decididos por los colectivos de actores
en los diversos territorios de un país; fortalece las representaciones políticas
y la conducción del proceso, que emerge de las decisiones colectivas y no de
acuerdos entre grupos encriptados para luego dedicar tiempo y esfuerzo para
convencer al conjunto de la militancia y esta a sus comunidades, movimientos sociales…
acerca de “lo acertado” de tal o cual política, propuesta o candidatura que
piden apoyar. Esto, sin descuidar el hecho de que esta nueva modalidad de
trabajo partidario articulado horizontalmente en redes de talleres militantes, resulta
un eficaz escudo para enfrentar la manipulación mediática del poder.
Particularmente teniendo presente que este -sobre la base del secretismo y
lugares opacos-, ancla su ponzoña para distorsionar realidades, propuestas, descalificar
referentes populares difundiendo fake news y malformaciones
informativas. Con un partido taller en funcionamiento ya no tendrán un espacio
fértil para ello.
[4] Se trata de un nuevo tipo de militancia (sociopolítica), que modifica
de raíz lo que hasta ahora se suponía era “su modo de ser” y actuar: ya no se
trata de llevar las ideas y
propuestas del partido a la población. Sus actividades estarían encaminadas a
concertar saberes y voluntades diversas y dispersas, a abrir espacios al
protagonismo de las mayorías populares, de las comunidades indígenas. Para
ello, impulsarán actividades de formación política amplia, de modo tal que los
sectores y actores sociales, comunitarios y políticos participantes puedan
también allí desarrollar al máximo sus potencialidades, afianzando la
conciencia de que los desafíos sociotransformadores reclaman su participación
protagónica sostenida. La sostenibilidad de un proceso de transformación, como
de los gobiernos que pueden encabezarlo en un momento dado, está directamente
relacionada con la participación protagónica de todos y cada uno de los actores
(sociales, comunitarios, sindicales) del campo popular. Y esto reclama
transformaciones políticas, institucionales y jurídicas múltiples, que
sustenten y fortalezcan esta participación protagónica de los pueblos en lo
referente al funcionamiento del Estado, al gobierno central, en las provincias,
departamentos y municipios, así como en su interrelación con las comunidades.
Lo plurinacional atraviesa también a todas estas interrelaciones.
[5] En Indo-afro-latinoamérica la izquierda trasciende a las izquierdas
partidarias, comprende también a movimientos sociales populares diversos, a
movimientos indígenas, a movimientos campesinos, a movimientos de mujeres…
junto a intelectuales, personalidades del mundo de la cultura, de las artes, de
las comunicaciones, etcétera; su existencia supone de hecho una rearticulación
entre lo social y lo político que constituye un pilar para la
(auto)constitución del sujeto plural (sustrato de una fuerza político-social
de liberación).
[6] En las complejas realidades de las sociedades
indo-afro-latinoamericanas lo “clasista” no equivale a la totalidad de lo
conflictivo sociopolítico, así como tampoco la clase obrera o trabajadora puede
identificarse con la totalidad del sujeto revolucionario. La clase obrera es
parte constitutiva del sujeto, junto con otros actores sociales y políticos,
del mismo modo que la lucha de clases es parte de un sinnúmero de luchas y
conflictos sociales, no necesariamente de evidente carácter o contenido
clasista. Por ejemplo: las luchas ecológicas, de género, de identidad sexual
libre, la de los pueblos indígenas originarios, la de los campesinos, la de las
poblaciones urbanas empobrecidas y marginadas, etc. Obviamente, la clase obrera
y sus organizaciones “naturales” como son los sindicatos, pueden desempeñar un
papel activo motorizador de la articulación de las luchas, problemáticas y
actores e identidades sociales, pero ello no es algo que ocurrirá
indefectiblemente; como lo evidencia nuestra historia continental reciente, no
es condición necesaria ni suficiente para ello.
[7] De ahí que resulte indispensable estar atentos a las dinámicas
sociales concretas en cada momento. Porque, tal como lo advirtiera René
Zavaleta, son estas dinámicas las que hacen que “lo que se ha hecho general,
tarde o temprano tiende a convertirse en el símbolo conservador de lo
particular.) (Zavaleta Mercado, 1986: 27).
[8] Por ejemplo, las
tradicionales Secretarías de los partidos de izquierda podrían dejar de
lado el criterio unipersonal y convertirse en coordinaciones. Estas,
agrupando a un mínimo de tres miembros en virtud de garantizar la ejecutividad
necesaria, contribuirían a desarrollar prácticas colectivas de dirección de la
actividad en cuestión, con una rotación periódica de responsabilidades entre
sus integrantes. Esto, además de fortalecer el crecimiento y desarrollo
horizontal de la organización, incrementa la posibilidad de la coordinación
general para desarrollar vínculos estrechos con las diversas coordinaciones
locales, territoriales, departamentales, etc., de dicha actividad.
[9] En las experiencias de gobiernos populares o progresistas de inicios
del siglo XXI, quedó evidenciado junto con la importancia de participar en la
disputa electoral, las limitaciones que un eventual triunfo impone a las
fuerzas populares. Como analicé en su momento: Asumir el gobierno de un país,
pero aferrarse a la institucionalidad
caduca heredada y a sus bases jurídicas, apostando a hacer “buena letra”
para demostrar a los poderosos la “buena voluntad” democrático-institucional,
es -además de estéril-, un camino hacia la derrota. Detrás de la escena de la
“gobernabilidad” agitada mediáticamente cuando asumen gobiernos populares,
están los intereses de clase que representan y defienden tanto las
instituciones preexistentes como sus estructuras y funcionamiento, y el
andamiaje jurídico-legal que las justifica y regula, así como también el
sistema político-partidario que las afianza social y culturalmente. Estos son
factores del poder colonial del capital que configuran el sistema
jurídico-político-institucional de los Estado-Nación dependientes. Con ellos se
encuentran los partidos y dirigentes populares o de izquierda al ganar
elecciones presidenciales en un país indo-afro-latinoamericano. Tales factores
de poder no son “independientes” de la sociedad y de sus clases sociales,
responden a las necesidades del modo de producción y reproducción capitalista local
y global, con todo lo que ello implica social, política, ideológica y
culturalmente. Al atenerse a dicho sistema económico‑jurídico-político-institucional
como si este respondiera a un mandato universal abstracto –cuasi divino‑, los gobiernos populares se tornaron ‑lo quisieran o
no‑, en un puente hacia el reciclaje del sistema.
Esto no rechaza ni niega la importancia o la
necesidad de participar de las contiendas electorales para conquistar espacios
de poder y gobernar países si es posible, pero -como lo demuestran las
experiencias recientes-, la filiación ideológica de los gobernantes resulta absolutamente
insuficiente e irrelevante si no está anclada -en el caso de los gobiernos
populares-, en la articulación de todo el pueblo. Este nexo y raíz popular es
el que sintetiza y proyecta la fuerza de un gobierno, no el número de votos. Y
llama, a la vez, a profundizar en las raíces populares de la democracia,
abriendo la toma de decisiones a la participación colectiva y organizada del
pueblo, para que sea este -conjuntamente con los gobernantes y las
instituciones-, quien decida acerca de las líneas fundamentales del quehacer
gubernamental estatal, acerca de la definición y gestión de las políticas
públicas, acerca de la elaboración y promulgación de leyes para hacer realidad
los derechos, etcétera.
Pensar y prepararse actualmente para futuras
oportunidades políticas transformadoras torna insoslayable buscar y esclarecer
vías para transformar de raíz -y desde el inicio-, no solo la representación y
el tipo de organización política para disputar elecciones y constituir
gobiernos, sino también, articulado con esto de modo inseparable, para la
gestión política y administrativa de los futuros gobiernos populares, para
transformar colectivamente la institucionalidad heredada, para abrir las
compuertas del Estado y el gobierno a la participación protagónica del pueblo
en su diversidad. (Una reflexión pormenorizada de este tema puede encontrarse
en: Refundar la política, libro de mi autoría.)
[10] El ciudadano
político queda limitado a ejercer su ciudadanía en el acto eleccionario, sin
intervenir luego en el proceso de vida y desarrollo de la sociedad, el cual -por
ende-, resulta fuera de su alcance y comprensión, presentándose ante él como
algo ajeno a su cotidianidad y a las relaciones sociales que establece con su
actividad, situación particularmente notoria en las comunidades indígenas
originarias. Este extrañamiento o ajenamiento político se consuma una y otra
vez mediante la reiteración de las prácticas de despojo (y delegación) que se
conjugan y retroalimentan en cada acto (y estructura) de representación
políticas así concebidas, cuestión que se profundiza aún más en las actuales
democracias de mercado, que tornan a las sociedades en hostiles a los propios
ciudadanos que las construyen y dan vida con su trabajo y modo de articularse
en lo social, cultural, religioso, etcétera.
[11] La ideología del
“despojo-delegación” influye no solo en el núcleo dirigente del partido, o sea,
en aquellos que alcanzan la condición de “representantes de”, no influye solo
sobre los militantes “representados”, sino también sobre la ciudadanía en
general; es una realidad política e ideológico-cultural que hegemoniza la
mentalidad de la sociedad. Por ello, resulta doblemente importante desarrollar
sostenidamente prácticas participativas colectivas; en ellas el pueblo irá
visualizando el histórico e intencional despojo de su ser ciudadano, realizado
por los partidos políticos personeros del capital. En sus prácticas
participativas colectivas, comunitarias, el pueblo identificará también los
engaños del poder y podrá tomar distancia de ellos, a la par que va creando,
construyendo y sosteniendo interrelaciones sociopolíticas diferentes entre los
diversos sectores y actores del campo popular, entre la sociedad, las
comunidades y el Estado y el gobierno, entre representados y representantes;
entre gobernantes y “gobernados”. Esto pone simultáneamente en cuestión el
poder del capital en la base económica y su irradiación social hegemónica. De
conjunto, va fortaleciendo el empoderamiento integral (económico, político y
social), de los sectores populares articulados, en cuyas prácticas de acción
colectiva germinará la posibilidad de una sociedad y un mundo nuevos.
[12]. Los dilemas del sujeto, de mi autoría, www.cubasigloxxi, p. 38.
[13] Esta expresión hace
alusión directa a la vieja y tradicional concepción del “partido de cuadros”,
propia del leninismo, concepción que busca superar. Los “cuadros” partidarios
que caracterizaban a los miembros de los partidos marxistas-leninistas,
fundamentalmente, concentraban -supuestamente- los saberes, tenían un
compromiso mayor y una claridad ideológica y conciencia revolucionaria
inquebrantable e insuperable; eran una especie de figuras de referencia para el
conjunto de la militancia en cada partido.
[14] Como se evidencia en los
ejemplos mencionados en este texto, la centralidad de los conflictos es
cambiante; no siempre reside un mismo sector o actor social, sindical o
comunitario. Y consiguientemente, lo mismo se traduce en las conducciones de
los conflictos y movilizaciones. En Argentina, el movimiento piquetero que tuvo
a los desocupados como sujeto principal de las luchas y la conducción de las
movilizaciones sociales en un período de los años 90; las luchas protagonizadas
centralmente por los cocaleros, en Bolivia, precursores de las grandes
articulaciones que dieron origen al MAS-IPSP; las movilizaciones de los
movimientos barriales populares en Santo Domingo contra los desalojos, en los
años 80 y 90; las luchas y movilizaciones protagonizadas por el Movimiento Sin
Tierra, en Brasil; las movilizaciones protagonizadas centralmente por las
comunidades indígenas en Guatemala en los años 2023 a 2026; constituyen, entre
otros, sobresalientes ejemplos de las variaciones o movilidad de la conducción de un proceso de lucha en un momento determinado.
[15] Los actores diversos pueden ser parte de la organización política, por
ejemplo, en el caso de un partido-taller, o pueden articularse coyunturalmente,
en un frente electoral, por ejemplo, pero -en cualquier caso-, la participación
popular protagónica en los procesos de toma de decisiones, debe ser parte de
las dinámicas que estructuran el funcionamiento de la organización política.
Está visto que esas dinámicas partidarias se trasladan luego, de alguna manera,
a la relación política entre gobierno, Estado y sociedad.
En general, con la llegada al gobierno,
se produce en distanciamiento creciente entre quienes gobiernan y los actores
sociales y las comunidades, en tanto el sistema de gobierno y Estado está
organizado, precisamente, para ello. Por eso es clave la participación
protagónica popular en la toma de decisiones y, lo que hasta ayer se empleaba
para definir luchas y proclamas, en las nuevas condiciones se tornen
metodologías efectivas de participación popular en la definición y ejecución de
las políticas públicas, la formulación y aprobación de leyes, en las dinámicas
de funcionamiento de los gobiernos provinciales, departamentales y municipales…
Todo esto reclama transformaciones raizales del sustrato jurídico de las
instituciones de gobierno y Estado. Pero no hacerlo y adaptarse a lo existente,
seguir procedimientos elitistas establecidos, es el primer paso a la separación
del gobierno y los gobernantes, del pueblo, transformado cada vez más en
espectador de lo que suponía era “su” proceso de liberación. Y así, creyendo
los gobernantes que -adaptándose al sistema constituido- lograrían una mayor
gobernabilidad y sostenibilidad del proceso de cambio, fueron acercándose cada
vez más al barranco que llevaría al final no solo de los gobiernos, sino
incluso, al rechazo popular de las opciones de transformación, abriendo así
cauce al retorno de las derechas con sus proyectos de destrucción y saqueo.
[16] La experiencia de la Lic. Guadalupe Valdez San Pedro en la diputación
nacional, en el período 2010-2016, muestra y demuestra que en el parlamento es
posible también abrir puertas, pensar y sostener políticas que respondan a los
intereses del pueblo, si –a partir de la convicción, disposición y voluntad-,
se permanece en el seno del pueblo que allí la llevó. Fue así, interactuando
sistemáticamente con el pueblo, con las organizaciones sociales populares, con
personalidades e intelectuales del pueblo dominicano, que Guadalupe Valdez San
Pedro, con una banca unipersonal, ha logrado no solo la promulgación de una
Ley, sino también abrir nuevos caminos para la transformación social y política,
en el ámbito político parlamentario de República Dominicana, el Caribe y
Latinoamérica. Recomiendo profundizar en esa experiencia de diputación
participativa, en el libro que sistematiza dicha experiencia (2016), que
titulé: Guadalupe Valdez. Diputada del pueblo. Apuntes de una
diputación participativa.
https://www.guadalupevaldez.com/_files/ugd/ceeeb3_05abd98d4cba44ee9902e632b666c524.pdf

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