Una espiritualidad infranqueable por el Capital

Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es. JP Sartre

jueves, 11 de junio de 2026

El Partido-taller

 Un partido político de nuevo tipo basado en la modalidad pedagógica del “taller”

El tiempo histórico actual

Elementos insoslayables

Cada época histórica configura sus problemáticas, y también los perfiles de las soluciones que demandan y las tareas a desarrollar en un sentido o en otro (para afianzar el estado de cosas, o para transformarlo). De ahí que al abordar el tema del tipo de organización política en el presente es importante actualizar -al menos-, los siguientes factores: esclarecimiento del tiempo histórico actual, sus características y demandas; especificación de las tareas que se desprenden de dicha caracterización; identificación de los sujetos sociales y políticos interesados en transformar el estado de cosas, con posibilidades de crear alternativas a partir de sus experiencias de resistencia y generación de vida y esperanza.

La definición de la época histórica constituyó y constituye una especie de marco general en el que se inscribe el accionar de las izquierdas; define el terreno que se pisa, los objetivos de las luchas, los sujetos, la política, el tipo de estado que se busca instaurar, el poder, la democracia, los adversarios, los aliados posibles, los derroteros y el horizonte buscado. Es una proyección de largo alcance, no modificable por coyunturas ni especificidades locales. Las definiciones que correspondan a particularidades o exigencias de cada momento histórico y sus realidades sociales concretas no alteran –salvo situaciones excepcionales que la modifiquen de raíz‑, la caracterización de una época, al contrario, se orientan (o deberían orientarse) por ella, para ‑en base a ello‑ perfilar su accionar, articulando lo coyuntural con los objetivos de largo plazo. Esta articulación comúnmente llamada “táctica y estrategia”, pone de manifiesto sus nexos con la época histórica en la misma medida que va condensando en las prácticas las metas estratégicas en cada momento. Obviamente, estas concreciones van modificando también el horizonte estratégico; unas veces lo acercan y lo hacen más visible y, otras, lo alejan, lo empañan o lo hacen invisible, inalcanzable. Pero, en cualquier caso, se trata de una interacción dinámica-dialéctica raizal.

Si en este continente la mayoría de la izquierda partidaria quedó aprisionada en sus extravíos cuando contaba con una definición clara de época histórica (más allá de que uno concuerde o no con ella), resulta sencillo imaginar la deriva política en la que se encuentra actualmente, cuando -por omisión, desconocimiento o desentendimiento-, se van dando pasos por las coyunturas políticas sin identificar a los sujetos reales del cambio ni a los horizontes de este.[1]

En el siglo XX la mayoría de la izquierda marxista subscribía la afirmación de que se vivía la “época histórica de tránsito del capitalismo al socialismo a escala mundial”. A tono con ello muchos de sus referentes evidenciaban su fortaleza ideológica reafirmando la inevitabilidad e invencibilidad del socialismo, e hicieron de la existencia de la URSS y el campo socialista la demostración definitiva del carácter científico del marxismo-leninismo y del acierto de tales ideas. Sin entrar a polemizar con aquellas definiciones o actitudes, lo importante aquí es situar el cambio de tiempo histórico que se ha producido; esclarecer que la época histórica que atravesó el siglo XX, en cualquier variante, ya no existe.

5. El mundo ha cambiado, el sistema socialista mundial se ha desintegrado y el capitalismo ha registrado mutaciones profundas en su configuración y funcionamiento, reiniciando lo que podría definirse como su tercer ciclo guerrerista -intercapitalista-, por la conquista y el dominio del planeta. Resulta vital tener esto en claro para dilucidar los problemas a enfrentar, las tareas a resolver. Para ello un primer paso es identificar y reconocer a los sujetos reales, convocarlos -en el caso de organizaciones partidarias preexistentes-, para reflexionar de conjunto qué hacer; son ellos los que protagonizarán los procesos de lucha y la creación colectiva para realizar los cambios sociales que se propongan, dotándose de una organización política que los articule y potencia políticamente hacia la conquista de sus objetivos.

Se ha producido una modificación raizal de la problemática a enfrentar

Tomar conciencia del tiempo histórico actual supone, en primer lugar, el conocimiento de que el capitalismo se ha modificado sustantivamente, ha mutado sobre su propio eje, y hoy, en el siglo XXI, su contradicción medular vida-muerte marca permanentemente las dinámicas sociales, en una pulseada histórica con múltiples e imprevisibles desenlaces. Y esto llama a abrir las compuertas del entendimiento para comprender que se ha producido una modificación raizal integral de la problemática a enfrentar. Ya no es la explotación humana el problema que ocupa el centro de los escenarios políticos, sino -sin olvidarse de ella-, la defensa de la vida.

La contradicción vida-muerte pone al desnudo las nuevas y acuciantes problemáticas que emergen del actual retroceso civilizatorio de la mano del capitalismo financiero, guerrerista, tecnológico y mediático que amenaza la vida en el planeta. La “defensa de la vida” como eje articulador de las luchas populares y del proceso emancipador, reviste particular importancia también porque permite integrar dimensiones aparentemente inconexas: ecológicas, feministas, culturales, tecnológicas, económicas, políticas y civilizatorias, con problemáticas cuyas soluciones el marxismo tradicional subordinó a la solución de la “contradicción fundamental” entre el capitalismo y el socialismo o, en algunos casos, las trató como “contradicciones secundarias” cuya resolución se produciría -automáticamente-, luego de la “toma del poder”.

Convendría tal vez delimitar con mayor precisión la significación y los alcances políticos del concepto “defensa de la vida”, para evitar que su natural polisemia pueda tornarlo demasiado amplio o ideológicamente desdibujado. Esclarecer, por ejemplo, ¿cómo se traducen los antagonismos políticos concretos, las prioridades programáticas y las disputas materiales a partir identificar a la defensa de la vida como eje plural convocante de las articulaciones sociopolíticas? Estas y otras interrogantes que podrían presentarse tendrán que ser enfrentadas por los actores sociopolíticos de cada sociedad, en cada momento histórico concreto; no hay respuestas (correctas) prefabricadas para todas las realidades en todos los tiempos. Las actuales y venideras generaciones habrán de resolver los problemas de su tiempo; ello es parte de los desafíos a su protagonismo creador.

La barbarie avanza haciendo gala de su maldad

La barbarie del poder avanza sin tapujos haciendo gala de su cinismo y maldad. Naturalizando exclusiones, genocidios y saqueos, va imponiendo su lógica de destrucción y muerte, proponiendo un mundo sin futuro, sin alternativas para la vida. Su única propuesta -en tanto el futuro prometido de bonanza para los pueblos nunca llegará-, es un presente de renunciamientos y sacrificios para (un perpetuo) “mañana” vivir “mejor”; lo cual se traduce -de hecho-, en pérdida de las conquistas acumuladas por la humanidad y en el regreso al pasado: saqueos, guerras, xenofobia, racismo, autoritarismos, recolonización, esclavitud y repatriarcalización del mundo, clausura de derechos sociales, represión, censura... Cuando los representantes del poder unipolar del capital se sientan en las mesas de "diálogo" lo hacen para humillar, pisotear y “ganar tiempo”, para profundizar la agresión hacia pueblos o naciones considerados débiles, dependientes, subordinados.

Mentir y desinformar: Un recurso recurrente

El mercado necesita afianzar sus mentiras como si fueran verdades e instalarlas como tales en la conciencia colectiva. Resignificar la historia, presentando a las conquistas sociales, a los derechos humanos y a las democracias que los sustentaron, como causantes de la crisis social, económica y financiera actual. Aspiran con ello a que, al final, la glorificación del individualismo se instale y se consolide un rechazo generalizado al bienestar social.

No es casualidad que sus voceros machaquen -(mal)intencionada y constantemente- contra el socialismo (que no existe, salvo como propósito o avance en algunas sociedades), que arremetan contra la izquierda y el wokismo, identificando como tales a todo el sistema democrático burgués que defienda y sostenga el “Estado de bienestar” (capitalista, obviamente).[2] Los actuales regentes del gran capital, con marcado énfasis en lo financiero y tecnológico, lo quieren todo; no aceptan oposiciones, ni variaciones, ni postergaciones, ni concesiones… Han optado para ello por dar vuelta a la rueda de la historia en sentido contrario, resucitando -a la vez-, conflictos propios de los tiempos previos a la 1ra guerra mundial.

En cualquier variante, la arremetida del tecnocapitalismo financiero actual marca el fin del tiempo de los “Estados de bienestar” e implica el fin del Estado de derecho, el avasallamiento de los derechos individuales y también -de hecho-, de las constituciones que los instauraban y respaldaban. Con el poder de las herramientas tecnológicas el capital avanza en el control social y va imponiéndose “subrepticiamente” mediante el miedo, las amenazas fantasmas, los despidos, la incertidumbre… Consiguientemente, las bases jurídicas de sustentación ética, social, económica y administrativa asentadas en las constituciones burguesas, son consideradas ahora por el mercado, como ineficientes, innecesarias y socialmente degenerativas.

La tan pretendida división e independencia de poderes, la libertad de expresión, de conciencia... no son banderas que el capitalismo de hoy busque enarbolar. La única libertad permitida y admitida es la de los grandes capitales en aras de sus ganancias.

En síntesis

Lo expresado permite visibilizar la configuración de una nueva época histórica, es decir, sustantivamente diferente de la que predominó en el siglo XX.

Tomar conciencia del tiempo histórico actual supone, en primer lugar, reconocer que el capitalismo ha mutado sobre su propio eje. Ahondando las dimensiones de su genealogía, hoy, en el siglo XXI, el capital revela como nunca el crecimiento exponencial de su potencia de muerte, lo que define a la contradicción vida-muerte como la problemática central de este tiempo histórico, omnipresente en las dinámicas de las luchas sociales, en una pulseada histórica de imprevisibles desenlaces, protagonizada por los pueblos defensores de la vida.

Se ha producido una modificación raizal integral de la problemática a enfrentar. Ya no es la superación de la explotación humana el problema que ocupa el centro de los escenarios políticos, sino la defensa de la vida. Y esto atañe a la definición de las tareas, a la identificación de los sujetos, y del horizonte de liberación…

Defender la vida constituye el eje del quehacer político de los pueblos y define los términos de las tareas claves de este tiempo, y otras que se irán identificando y enfrentando o asumiendo. En torno a ellas se identifican y (auto)definen los sujetos populares con voluntad y capacidad de organizarse para defenderla. Y esto, de conjunto, delimita el tipo de organización política del presente, una organización que los sujetos -conscientes del tiempo histórico actual-, habrán de crear, construir y desarrollar para asumir los desafíos que la defensa de la vida impone, y realizar las tareas que esta problemática central demanda en el presente.

Requerimientos políticos al campo popular

En este nuevo tiempo político toda organización política popular tiene entre sus principales tareas, promover la articulación de las resistencias y luchas de los movimientos sociales barriales, de trabajadores urbanos y rurales, de indígenas, de campesinos, de mujeres, etc., en aras de fortalecer el protagonismo de la diversidad de actores sociales y políticos en los ámbitos urbano y rural. Esto requiere de una herramienta político-organizativa capaz de promover y aportar elementos que contribuyan a que los actores populares identifiquen y construyan los nexos o puentes articuladores de las luchas, en la medida que -con ellos- van generando procesos de interarticulación entre diversos actores, orientados hacia una convergencia de mayor alcance político, en tanto abren posibilidades para la (auto)constitución de un sujeto colectivo (sujeto plural). Cualidad política cada vez más impostergable.

La existencia de una gran diversidad de actores populares en Indo-afro-latinoamérica y la necesidad de que estos se interarticulen para superar la fragmentación y se propongan conformar un sujeto colectivo y plural, demanda modificaciones raizales en la concepción, definición, estructura y funcionamiento de la organización político-partidaria que se proponga expresar y representar a dicho sujeto.

Un partido político basado en la modalidad pedagógica 
de un “taller”

En este sentido, hoy resulta inútil un “partido-sujeto” que pretenda sustituir y expresar -en esa sustitución-, a la diversidad de actores sociales fragmentados. Por el contrario, se necesita un tipo de partido político que se piense a sí mismo -y se constituya- como un instrumento organizativo colectivo, abierto y dinámico, capaz de promover la (auto)articulación horizontal de la diversidad de actores sociales y políticos, es decir, en igualdad de condiciones entre todos y cada uno de ellos. (Esto puede lograrse con la conformación de nuevos tipos de organización política por parte de los actores populares o con la refundación de los actuales partidos de izquierda, abiertos a convertirse en plataforma de articulación política para los diversos actores sociales).

Se trataría de un nuevo tipo de organización política, un instrumento organizacionalmente flexible, creado y diseñado por una diversidad de actores sociales y políticos populares a partir de sus experiencias de articulación y convergencia, en función de las tareas que estos tienen que resolver en el momento concreto, conjugándolas con objetivos socio transformadores hacia un horizonte de liberación definido colectivamente, a partir de sus identidades y las experiencias acumuladas en años de resistencia, luchas, disputa y construcción de poder popular desde abajo. Ello es -a la vez-, resultado y expresión de la articulación horizontal de los diversos actores sociales constituidos en actor colectivo, embrión y sostén de un sujeto político plural cuya existencia fortalece a todos y cada uno de sus creadores, potenciando su accionar político con proyección estratégica emancipadora.

En este sentido, la organización política resulta parte del actor (político) colectivo. Y, por tanto, su forma partidaria más adecuada se corresponde con la de un taller de intercambios analíticos situacionales y de pensamientos, promoviendo localmente -en cada una de sus jurisdicciones-, el debate colectivo orientado a la elaboración de una síntesis -en cada caso-, con decisiones orientadoras de la acción colectiva (a ser elaborada en talleres diversos, hasta que -en base a sus conclusiones y propuestas- sea factible elaborar una propuesta que sintetice al conjunto, y presentarla a modo de hipótesis para debatirla o mejorarla y aprobarla en una modalidad de asamblea-taller de toda la organización). Este es lo que defino como partido-taller: una organización política flexibles, abierta y dinámica,[3] forjada en las experiencias de resistencias, luchas y modalidades de organización de la diversidad de actores sociales en Indo-afro-latinoamérica. Emerge inicialmente de la articulación de diversos actores populares, abierta a futuras incorporaciones.

No se trata de una sumatoria de actores; no es una coordinación ni un frente; constituye una integración multidimensional de actores y problemáticas, de identidades, trayectorias e historias, fortalecida con la articulación de los saberes provenientes de las experiencias que aporta dicha diversidad.

Sus militantes resultan educadores populares (concepción finalmente integrada así en las prácticas políticas). Están comprometidos con promover la construcción de saberes colectivos, en tanto estos saberes constituyen parte de los cimientos de un poder colectivo que potencia el protagonismo de los actores populares y el fortalecimiento de sus capacidades conjuntas, en su organización, su comunicación y en su acción sociotransformadora.[4]

Un partido que articule e integre lo social-reivindicativo, lo comunitario y lo político

La creación-construcción de un partido-taller (o —donde sea posible— un cambio radical en la conformación de los partidos políticos de izquierda existentes), se asienta en la articulación e integración de organizaciones del ámbito social (generalmente reivindicativo), de las comunidades indígenas y sus demandas y propuestas, del ámbito político y sus actores. Esto abrirá paso a la formación de una macro articulación sociopolítica diversa y plural, orientada a buscar o crear caminos destinados a poner fin a milenios de enajenación política, económica, social y cultural de los seres humanos explotados y oprimidos, empezando por reconocer en ellos su capacidad plena para protagonizar su historia.

No se trata de ampliar una supuesta condición de “vanguardia” de los partidos de izquierda, y entonces, en vez de un partido dirigente, reunir y fusionar a cinco o seis partidos en aras de alcanzar “la unidad”.[5] El desafío es crear y construir una organización política que integre, articule y cohesione lo social (la diversidad de la sociedad) y lo político, y a sus actores, desde la raíz, impulsando colectivamente la construcción de una organización sociopolítica plural, generada por la articulación consciente de diversas identidades, problemáticas y experiencias de los actores sociales urbanos y rurales, comunidades indígenas y actores políticos, que se construya desde abajo a partir de la participación directa y plena de la diversidad de actores sociopolíticos. Y esto no puede lograrse con una organización jerárquica, verticalista, donde los que dirigen se (auto)consideran -por ello-, mejores o con mayores capacidades que los “dirigidos”.

Una lógica de diálogo horizontal

La propuesta de un partido-taller emerge de la articulación de diversos actores sociales, comunitarios y políticos, para construir protagonismo y conciencia colectivos como sustrato del poder popular. Ello reclama una base de equidad entre todos los participantes, de ahí que su funcionamiento está anclado en interrelaciones horizontales (es decir, no jerárquicas), entre la diversidad de actores y actoras, sus identidades, cosmovisiones, experiencias y modos de vida, aceptando las diferencias como fuente de enriquecimiento y no como “defectos”, a la vez que promueven lazos de solidaridad y encuentro entre todos y todas, en lo interno y hacia el exterior.

A diferencia de la polarización y el odio que enfrenta y excluye lo diferente, la propuesta de un partido-taller se asienta y promueve la creación de espacios de encuentro en los cuales la diversidad sea cada vez más naturalmente asumida, potenciando el trabajo interaticulado y creador que aporta la diversidad de protagonistas y sus experiencias de vida. Esto alimenta el empoderamiento popular colectivo enraizado en una hegemonía amplia y plural centrada en la defensa de la vida, núcleo central para construir convergencias y acuerdos colectivos. Pero el hecho de que la defensa de la vida constituya la problemática central de este tiempo, no anula los antagonismos de clases ni los desconoce; los trasciende o, mejor dicho, propone trascenderlos, precisamente, en aras luchar por la supervivencia de la humanidad.[6]

La horizontalidad es un principio relacional, no una forma organizativa. Esto implica que los actores protagonistas de las articulaciones tendrán que esclarecer cuáles formatos, qué mecanismos y dinámicas de funcionamiento emplearán en cada momento, particularmente en las coyunturas de alta conflictividad, para sostener la coordinación estratégica en la toma de decisiones colectiva y en la acumulación de poder. La experiencia indica que los diversos protagonistas de las articulaciones, han encontrado colectivamente formatos para sostener la toma de decisiones colectivas en los diferentes momentos. Lo sorprendente han sido, en todo caso, las dificultades que se presentaron en tiempos políticamente favorables, como ocurrió durante los gobiernos populares, cuando -en vez de profundizar los lazos de articulación y maduración del sujeto plural colectivo-, la preocupación por ocupar cargos públicos, por tener mayores porcentajes en la representación institucional, etc., condujo al estancamiento y resquebrajamiento y la rotura de los nexos raizales que hicieron posible la articulación de los diversos actores protagonistas, abriendo las puertas a nuevas sectorializaciones y al resurgimiento del corporativismo. Pero esta situación no responde a la existencia de un sujeto plural articulado, sino al estancamiento y fijación de los nexos articuladores de la diversidad articulada, como si ellos fueran permanentes, es decir, definidos de una vez para siempre. Lo cual es totalmente alejado de la realidad de las dinámicas de la vida social y, por tanto, también del quehacer político de los actores que las protagonizan.[7]

Precisamente por ello, resulta imprescindible ir construyendo -y actualizando- colectivamente una base de apoyo, contención y proyección en común que soporte a la diversidad. Como ocurrió, por ejemplo, en la articulación o convergencia de amplios movimientos urbanos y comunidades indígenas en defensa de sus derechos y en defensa de la soberanía, en la llamada “guerra del agua”, en Cochabamba; y, más recientemente, en las grandes movilizaciones impulsadas por comunidades indígenas de Guatemala, en defensa de sus derechos y de sus territorios, contra la criminalización de sus dirigentes, contra el desalojo de sus tierras y la judicialización de varias de sus acciones comunales. Ha significado también la defensa y reivindicación del sistema político comunal, un rechazo al secuestro de las cajas electorales por parte de las autoridades estatales, y a otras acciones que se suman a la cadena de agresiones contra las comunidades indígenas. Y todo esto, articulado con la defensa de la democracia y del orden constitucional, en tanto, desde el punto de vista comunitario, la defensa de la democracia significa el respeto de la voluntad del pueblo.

Este eje, la defensa de la democracia, ha sido y es uno de los nudos articuladores de la pluralidad de diversos actores sociales y políticos urbanos, rurales y comunitarios, motorizados en esa coyuntura por las comunidades indígenas, sostén y soporte orgánico de los diversos actores articulados en un accionar colectivo orientado hacia dimensiones, espacios y problemáticas amplias y abarcadoras, encaminadas a la transformación integral de la sociedad, evitando que aquello que tradicionalmente se considera "lo reivindicativo" o “lo comunitario” se extinga en lo que en nuestro imaginario esperamos sea "lo político".

Una estructura flexible y abierta

Potenciar la organización para la actividad transformadora de los actores-sujetos supone también la articulación de diferentes modalidades organizativas y de articulación de las fuerzas sociales populares. Y esto enfatiza la importancia de construir un partido-taller, con modalidades de estructuras y funcionamientos flexibles, abiertas a los cambios y a las nuevas incorporaciones de actores sociales, comunitarios o políticos. Esto significa, entre variadas cuestiones, que no hay que definir predeterminadamente un formato o estructura para el partido-taller que se busque construir. Pues esta modalidad de organización política no responde a un cambio de formato; no se trata de hacer un cambio de forma para mantener la vieja propuesta partidaria verticalista y jerárquica, destinada al protagonismo de pocos. Se trata de una concepción diferente acerca de la organización partidaria, con una lógica raizalmente distinta de lo anterior; una organización plural que responda a las organizaciones de base y al quehacer de diversos actores sociales urbanos y rurales, sindicales, comunitarios y políticos.

En cada situación y lugar, serán los actores participantes quienes -basados en sus experiencias, con sus identidades, confianzas construidas, cosmovisiones, intereses y propuestas-, irán definiendo modalidades y formas de organización colectiva en cada momento y lugar de que se trate. Esto indica, además, que no necesariamente se tratará de una única articulación; el funcionamiento en red es parte de la concepción dinámica de esta propuesta organizacional que resulta una red de redes.

Un componente fundamental en el desarrollo y fortalecimiento del partido-taller es la movilización. Pero no la movilización enfocada solamente en impulsar un objetivo concreto, sea la defensa de un derecho de la naturaleza, o de un derecho humano, o la promoción de una ley, etc., sino la movilización como una escuela de construcción de fuerza popular, de organización y accionar coordinado, un proceso de aprendizaje y de auto-reconocimiento de capacidades, de articulación de voluntades sea a escala local, regional, nacional, que supone permanentemente que los actores participantes realicen colectivamente un balance del esfuerzo realizado, de los aciertos y errores, de los resultados obtenidos y, sobre todo, de lo aprendido, sacando conclusiones enriquecidas con las enseñanzas y la identificación de los desafíos venideros (hasta donde estos puedan preverse en el clima de incertidumbres reinante).

Reclama:

• Un nuevo modo de articulación de los actores: horizontal, plural, descolonizada e intercultural comprendiendo a todas las dimensiones del quehacer de la vida social.

• Un nuevo modo de dirección: concertada con la participación de todos, construida y definida de abajo para arriba, por todos y cada uno de los actores protagonistas.[8] Esto, a la vez, reclama transformaciones raizales en la representación política, para que esta -lejos de suplantar el protagonismo y la participación de los actores populares en la toma de decisiones-, los potencie sobre la base de modos participativos colectivos de funcionamiento, de toma de decisiones y gestión.

Hay múltiples ejemplos de organizaciones sociales, comunitarias y políticas en este continente que se han desarrollado a partir de estructuras abiertas y flexibles, con diálogo horizontal entre sus miembros y la toma de decisiones colectiva para acciones conjuntas. Me refiero, por ejemplo, entre otras experiencias, a organizaciones sociales barriales como el Comité para la Defensa de los Derechos Barriales (COPADEBA), en República Dominicana. Y, particularmente en lo referente a pensar un modo de organización política para un sujeto plural, me refiero a un modo de organización de organizaciones, por ejemplo la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) en la Argentina de la década del 90, que reunió a múltiples organizaciones sindicales, a trabajadores desempleados, al mundo de la cultura y el arte, a movimientos indígenas originarios, a trabajadores rurales…; otro ejemplo lo da la conformación del MAS-Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos, en Bolivia, en los años 2004 y 2005, constituido sobre la base de la articulación fundamental de cinco organizaciones sindicales, sociales y comunitarias; las movilizaciones impulsadas por comunidades indígenas de Guatemala, en defensa de sus derechos, contra el desalojo de sus tierras y la judicialización de varias de sus acciones comunales; la defensa de la democracia, que ha significado también, como se expresó, la defensa y reivindicación del sistema político comunal; y, también, la experiencia del Foro Ciudadano de República Dominicana, una organización de organizaciones sociales y territoriales, con 25 años de trayectoria.

Sin embargo, es bueno tener en cuenta en esta nueva propuesta de construcción de un partido-taller, que la pluri-articulación de lo político-partidario tradicional, con los movimientos sociales, sindicales, urbanos y campesinos, con las comunidades indígenas, no resolverá per se todos los problemas y contradicciones existentes en el campo popular.

La disputa con el poder del capital se manifiesta en todos los ámbitos de las sociedades y también en el campo popular. Aunque, en general, se tiende a asumir que las experiencias populares contienen espontáneamente un potencial emancipador, las experiencias evidencian precisamente que no todo ha sido ni será color de rosa.

Subrayar la importancia de ampliar el espacio político y modificar el criterio tradicional de sus organizaciones para reconocer también a otros actores tradicionalmente definidos como “sociales” o “comunitarios”, podría conducir al error de interpretar que esto articulación solucionará automáticamente las limitaciones que podría tener un proyecto liberador.

Eso sería simplificar e idealizar realidades, cuyos protagonistas -forjados en las dinámicas de conflictos, exclusiones, estigmatizaciones, criminalizaciones…-, reproducen en sus organizaciones, en sus subjetividades, tensiones conservadoras, patriarcales o autoritarias que demandan también ser puestas en cuestión en los procesos de debate y disputa ideológico-cultural encaminados a la creación y construcción de una nueva hegemonía emancipadora, de liberación.

Su dinámica son los talleres

Un partido-taller (o una organización-taller), resume el espíritu del nuevo tiempo participativo y horizontal con formatos abiertos, dinámicos, agiles, interarticulados y organizados en redes. Esto, a la vez, va germinando un nuevo modo de interrelacionarse, una nueva democracia, una nueva sociedad y un nuevo tipo de Estado. Y –aunque en balbuceos aislados- está siendo creado -y en construcción constante-, por los trabajadores y el pueblo todo, conscientes de que no habrá nada nuevo mañana que no se siembre, germine y se desarrolle en el presente…[9]

No hay un mañana diferente de lo que hagamos en el presente. El futuro convive con nosotros en cada una de nuestras actividades diarias. Y en ellas, la pedagogía del ejemplo vale más que mil palabras.

Un nuevo tipo de representación política

1.

La representación política en cualquiera de sus modalidades expresa y condensa un determinado modo de relación entre lo social y lo político, que supone a su vez un determinado modo de entender las interrelaciones entre lo que se conoce como sociedad civil y sociedad política, entre Estado y sociedad y la intermediación que para ello se ha erigido desde el poder hegemónico: los partidos políticos, establecidos como los representantes y voceros de los ciudadanos de a pie ante las instancias jurídica, política, y de gobierno, es decir, como mediadores entre la sociedad (civil) y el Estado. Este tipo de mediación político-partidaria ha establecido —representación mediante— el despojo de los derechos políticos ciudadanos, reduciéndolos —en el mejor de los casos— al hecho de votar por representantes parlamentarios, y algunas autoridades gubernamentales nacionales, provinciales, municipales… cada cierto tiempo. Y esto ha implicado de los ciudadanos, correlativamente, la delegación de sus facultades políticas, haciendo de la ciudadanía una condición pasiva, disociada de la toma de decisiones.[10]

Los partidos políticos de la clase obrera, señala István Mészáros, asumieron esa fractura radical, al crearse y desarrollarse en oposición a su adversario político dentro del Estado capitalista, lo cual marcó, además, el modus operandi de esos partidos.

“De esa forma, todos los partidos políticos obreros, inclusive el leninista, fueron incapaces de elaborar una alternativa viable al capital. Al estar, dada su función de negación, centrados exclusivamente en la dimensión política del adversario, permanecieron absolutamente dependientes de su objeto de negación.” (Mészáros, 2001:75)

Esto es, precisamente, lo que encarna el modo de representación política de izquierda conocido hasta ahora. Una representación política que lejos de abonar un camino hacia la eliminación de la enajenación política de los representados, la afianza y multiplica a partir de recrear —como una grieta insalvable— la fragmentación entre lo social y lo político y entre los actores sociales y políticos que actúan en uno u otro "mundo".[11]

Como expresé en la introducción de Socialismo o barbarie:

Desde el punto de vista estrictamente político, ello viene a conjugarse con las reflexiones críticas y las relecturas acerca de las relaciones entre movimiento social y representación política que he venido sosteniendo como eje central de mis investigaciones y propuestas en lo relativo a la construcción de poder, conciencia, organización y proyecto popular alternativo desde abajo, lo que en primer y último lugar supone la constitución (autoconstitución) de los actores‑sujetos involucrados en el proceso socio-transformador como sujetos sociopolíticos del cambio. Como ello solo puede ser logrado mediante la articulación de los fragmentos aislados (rearticulación, según Mészáros), se trata en realidad de un proceso de constitución de los actores‑sujetos en sujeto popular, lo que supone, tanto una reconstrucción desde la raíz (desde abajo) de las relaciones entre lo político y lo social, un redimensionamiento de la política, lo político, el poder y de su relación con la sociedad toda, con la ciudadanía –interpelándola desde los cimientos-, como la superación obligatoria de las fracturas históricamente construidas y constituidas entre sociedad política y sociedad civil, entre Estado y sociedad, entre partidos y movimientos. “...No hay esperanza de rearticulación radical del movimiento socialista sin que se combine completamente el ‘brazo industrial’ del trabajo con su ‘brazo político’.” (2005: punto 3.2. Cursivas del autor)

La afirmación crítica de István Mésázaros acerca de que: “Los partidos obreros no fueron capaces de elaborar una alternativa viable por estar, dada su función de negación, centrados exclusivamente en la dimensión política del adversario, permaneciendo así absolutamente dependientes de su objeto de negación”, (2005: punto 3.3) coincide con mis planteamientos acerca de la necesidad de “...construir una dirección política sobre otras bases, una dirección política que lejos de fracturar aún más lo social de lo político, y sus actores, los integre, articule y cohesione desde la raíz, proyectando la construcción de una dirección política colectiva que –en tanto tal‑ signifique conjugación consciente de protagonismos, identidades, problemáticas y experiencias singulares, una dirección política que se construya desde abajo con la participación directa de todos los actores sociopolíticos.”[12] Esto replantea el debate de la representación político‑social y el de la estructura organizacional que la contendrá. Supone un nuevo modo de representación (sobre nuevas bases), y un nuevo tipo de organización política de izquierda que, en vez de erigirse por encima y separada de lo social, lo articule e integre formando una instancia sociopolítica, buscando y construyendo colectivamente caminos que pongan fin a milenios de enajenación política, social y cultural de los seres humanos explotados y oprimidos, al colocarse y asumirse éstos con capacidad para protagonizar su historia. Como señala el autor: “Sin una rearticulación radical del movimiento socialista, la alternativa hegemónica necesaria al sistema existente es inconcebible.” (En Meszáros, 2005, VI)

Se trata -en todas las dimensiones- de confrontaciones con el PODER:

EL problema insoluble dentro del marco de las instituciones políticas exis­tente es la desigualdad fundamental entre el capital y el trabajo en las rela­ciones de poder mate­riales de la sociedad como totalidad, que se hace valer hasta tanto el modo de repro­ducción metabólica establecido no se vea radi­calmente alte­rado. […]

Porque el poder del capital no está, y no puede estar, confinado a las funciones productivas directas. A fin de cont­rolarlas exitosamente, el capital debe estar complementado con su propio modo de control político. La estructura de mando material del capital no puede hacerse valer sin la estructura de mando política englobadora del sistema. […]

[…] la cuestión funda­men­tal atañe a la relación estructural entre el marco político parlamentario y el modo de reproducción metabólica social existente totalmente dominada por el capital. (Mészáros, 2001: 843)

El divorcio entre la economía y la política que eminentemente favoreció al desarrollo histórico del sistema del capital, representó, por contraste, un enorme desafío para el movimiento laboral, al que éste no pudo responder. El fracaso de la izquierda histórica estuvo indiso­lub­lemente unido a esa circun­stancia. Porque la articulación defensiva del movimiento socialista reflejó directamente y se amoldó a ese divorcio. […]

Porque el capital, tal y como está constituido materialmente –gracias al trabajo alienado y almacenado- representa realmente y objetivamente al poder productivo social del trabajo. Esta relación objetiva de dominación estructural es la que halla su adecuada personificación también en las instituciones políticas del sistema del capital. Por eso la pluralidad de capitales sí puede ser representada apropiadamente dentro del marco de la política parlamentaria en tanto que el trabajo no puede serlo. […] (Mészáros, 2001: 844)

Mantener la dimensión política bajo una autoridad por separado, divorciada de las funciones reproductivas materiales de la fuerza laboral significa retener la dependencia y subordinación estructural del trabajo, haciendo con ello imposible también dar los pasos subsiguientes en dirección a una transformación [socialista] del orden social establecido sostenible. (Mészáros, 2001: 845)

Esto evidencia que, en la base del debate sobre organización política, sus formas, modalidades de organización y representación, se expresan y se ponen en tensión -o no-, relaciones y concepciones de poder, sus personificaciones y protagonistas, se define la continuidad de subordinaciones o la apertura de procesos emancipadores.

Un aspecto de ello supone superar el esquema tradicional de representación política, en el cual -a la clase obrera, al pueblo y a las comunidades indígenas- les es reservado —en tanto "masa"—, el derecho político de participar silenciosamente, para convalidar decisiones tomadas sin su concurso y hacerlas efectivas mediante su actividad (práctica). En el acto electoral, con su voto delegan su capacidad de pensar, de decidir, de crear y de asumir la responsabilidad que significa hacerse cargo de los resultados concretos de sus decisiones. Junto con el voto, delegan también el derecho a soñar y a equivocarse en el acto emancipatorio de la creación colectiva.

Es así como el modo de reproducción metabólica social del capital se vuelve eternizada y legitimada como un sistema legalmente indesafiable. La contienda legítima es admisible sólo en relación con algunos aspectos de menor monta de la inalterable estructura general. (Mészáros, 2001: 852)

Superar la modalidad de representación por despojo, su contenido y su esquema relacionante entre representantes y representados, resulta fundamental para las transformaciones raizales del sistema del capital. En este sentido, resulta -cuando menos- un paso de avance, asumir la propuesta de construir un partido-taller sociopolítico, que se reconozca (y sea realmente) participativo y horizontal, y que inscriba su razón de ser y su actividad como parte de un proceso colectivo de democratización y empoderamiento raizales. Que sea -a la vez-, un instrumento y un camino de los desposeídos para la superación de la enajenación político-social-cultural, y un medio de superación del divorcio entre los representados y los representantes (también alienados por (auto)sobresaturación de —lo que consideran— "su papel").

2.

Un desafío es buscar, crear y probar nuevas formas de representación, asentadas en la participación integral (e interdependiente) de los protagonistas, creando modalidades asamblearias y talleres de trabajo colectivos, que potencien la creatividad y el protagonismo de todos y cada uno de los actores/as en la toma de decisiones, como dinámica de funcionamiento de la articulación “partido”, contribuyendo -de conjunto- a hacer emerger a la clase trabajadora, al pueblo y a las comunidades indígenas -articulados-, en sujetos de su historia.

Entre estas nuevas formas de representación estarían las “vocerías”, dado que los nuevos representantes (voceros) no podrían decidir por su cuenta qué hacer ni cuál posición política asumir, al margen de la interacción con sus representados, en cada caso. Se asientan en la democracia directa —conjugando diversas modalidades—, y se construyen sobre la base de la participación plena desde abajo, de todos y cada uno de los representados, en cada sector, territorio, comunidad. Sería algo así como "mandar obedeciendo", como señalaron los zapatistas, aunque en realidad, no se trataría de “mandar”, sino de conducir el proceso para hacer cumplir las decisiones discutidas y asumidas colectivamente sobre la base de la participación directa y plena de todos los involucrados en el proceso en cuestión.

El desarrollo concreto de nuevas modalidades derepresentación” mediante la transformación de los representantes en voceros del conjunto social, laboral, comunitario, urbano y campesino que “representan”, contribuirá -por ser parte de ellos-, con los procesos de superación de la enajenación política del pueblo, estimulando el desarrollo de dinámicas constantes y multidimensionales de participación-apropiación protagónica de todos y cada uno de los actores del proceso de transformación mismo, hacia su liberación.

Para ello resulta central democratizar todos los ámbitos de presencia y organización de los actores sociopolíticos, impulsar la participación consciente de todos y cada uno de ellos en cada etapa del proceso. Porque son ellos, los actores-sujetos concretos, los que irán definiendo —en interacción con las circunstancias socioeconómicas y culturales nacionales e internacionales—, la marcha del proceso, el ritmo y la profundidad de las transformaciones.

En tal sentido, la actividad comunicacional, la transparencia y el intercambio fluido de la información, de las experiencias compartidas, completa el enfoque integral de la dinámica organizacional del partido-taller, fortaleciendo la construcción de una capacidad colectiva de coordinar ágil y eficazmente las acciones y actuar rápidamente ante la información falsa y las dinámicas malintencionadas dirigidas a confundir y debilitar el accionar popular, por ejemplo, disputando la significación político-ideológica que se busca instalar en la conciencia colectiva ante acciones, disposiciones políticas o económicas, ante la sanción de leyes, recortes presupuestarios, etcétera.

Todo esto modifica la lógica de la construcción política (y del debate): no se trata ya de que "la línea" política “esté” predefinida y empaquetada por grupos "iluminados", que luego estos “bajan” al conjunto de la militancia y al pueblo. La lucha contra la enajenación política de los seres humanos abarca y presupone la participación plena de los diversos actores sociopolíticos en la elaboración-definición y toma de decisiones, paso a paso, de las acciones a emprender en cada momento y lugar y, también, en la creación y definición del proyecto superador del capitalismo, el cual —así concebido—, resulta igualmente un resultado de la creación y conciencia colectivas.

3.

Nada cambiará repentinamente “al final” del camino, los cambios del mañana comienzan en el presente, entre otras razones porque no hay un “final del camino”, se trata de un proceso permanente de contradicciones, cambios, creaciones, luchas y nuevos cambios… El ser humano nuevo está en permanente construcción y creación, enriquecido con nuevas pedagogías democráticas, participativas, y mediante conductas éticas acuñadas en prácticas continuas durante años.

En este sentido, resultan significativas las actividades político-pedagógicas de recuperación y reflexión crítica de sus experiencias concretas de construcción de poder propio, creando ámbitos colectivos de intercambio y producción de pensamiento crítico de sus procesos, contribuyendo efectivamente al crecimiento y fortalecimiento de la conciencia colectiva. Abrir espacios para periódicas reflexiones acerca de nuevas experiencias en realidades cambiantes, resulta vital para el desarrollo político-cultural de los movimientos sociopolíticos (y el campo popular todo).

Un nuevo tipo de militante: el anticuadro[13]

Romper con la fragmentación de realidades y conciencias con enfoques o miradas integrales resulta, además de necesario, parte de una nueva concepción acerca del sentido y el quehacer de la militancia política de izquierda, en correspondencia con las experiencias de lucha y organización de los pueblos y por tanto, también generadora e impulsora de nuevas formas de organización político-partidarias que los pueblos tienen que crear, construir a partir de sus experiencias y potenciarlas con su participación protagónica, en disputa cultural con la lógica del capital.

En la nueva propuesta de organización político-partidaria en modo taller, en tanto no se trata de construir un “partido de cuadros” como en el siglo XX, el concepto “cuadro” es puesto en cuestión. Los hipotéticos cuadros del pasado y sus modalidades de acción política resultan hoy contraproducentes; constituyen un obstáculo para la construcción colectiva de una organización política por la diversidad de actores sujetos, con sus saberes y sabidurías, articulados horizontalmente para tomar decisiones en base a la participación orgánica del conjunto diverso y plural.

El viejo cuadro, todólogo, que llegaba y “orientaba” (ordenaba) porque –supuestamente- sabía todo, está fuera de época… La experiencia ha evidenciado que la labor de los “cuadros” militantes (como la de sus partidos políticos) no consiste en suplantar a pueblos -supuestamente “ignorantes o enajenados”. Hoy es indispensable que las organizaciones partidarias preexistentes se sumen a los diversos actores sociales y políticos promoviendo su articulación y organización conjunta para protagonizar las luchas, para tomar las riendas de los destinos de sus vidas. De ahí la importancia de que la militancia se piense y proyecte social y políticamente como anticuadros, capaces de desafiar las viejas modalidades del saber hacer, para construir saberes (y organización) colectivos en cada lugar de trabajo, en las comunidades, en lo nacional y en lo internacional, en interacción dinámica con el pensamiento crítico, la filosofía y la ética de liberación.

En conjunto, estos procesos contribuyen a consolidar la formación teórica, anclada con las epistemologías emancipatorias del Sur Global, para a estimular el pensamiento crítico emancipador, basamento de la conciencia colectiva con capacidades de desarrollo del pensamiento propio de los pueblos, indispensable para salir de las dependencias de cualquier tipo. Todo ello, articulado y fortalecido con procesos de intercambio y aprendizaje de las experiencias populares, para reflexionar críticamente acerca de ellas -sin pretender exportarlas ni copiarlas. Esto, entrelazado con el desarrollo constante de procesos descolonizados interculturales que promuevan el diálogo de saberes, fortaleciendo y rescatando capacidades y saberes diversos para encaminarse hacia lo que será un intelectual colectivo. Esto es parte de la dinámica actual de los procesos de crecimiento, disputa de poderes y hegemonías, para el desarrollo de la conciencia crítica, anclada en el intercambio de saberes y aprendizajes de los pueblos a escala mundial.

Reinventar la militancia y la acción políticas

De ahí la necesidad de gestar anticuadros: el militante o la militante que dialoga, consulta y escucha a compañeros o vecinos, que promueve la participación, conciencia y organización para construir conocimiento en conjunto y tomar decisiones colectivamente.

Su misión es, en primer lugar, informar a los demás e informarse. Tiene que informarse y saber desde abajo como está cada trabajador, su equipamiento de trabajo, y cómo se desarrollan las relaciones entre los trabajadores en cada sección o área laboral, o en la comunidad. Por otro lado, debe ser un informador por excelencia: para intervenir en las discusiones y decisiones el pueblo necesita tener información. Es vital brindar información y también informarse; y escuchar a los compañeros y compañeras en el trabajo, en el sindicato, en el movimiento social, en el partido político, en la comunidad…

Un segundo aspecto a subrayar es la formación: formar y formarse es insoslayable. Y resulta central, en este sentido, comprender que toda la actividad del militante o (anti)cuadro es pedagógica y política.

La Educación Popular enseña que el educador debe ser educado, y que el pueblo tiene un saber, aunque ese saber esté disperso, fragmentado. La tarea del (anti)cuadro, en este sentido, es en primer lugar, lograr que los compañeros expongan sus saberes fragmentados (que los hagan conscientes), para -sobre esa base-, organizar -en talleres- esos saberes dispersos, articularlos para construir un saber colectivo, y convertirlo en un instrumento para la acción transformadora de todos y cada uno, en lo laboral, comunitario o político-social.

Esta es una importante tarea y responsabilidad del anticuadro, que no tiene que decir cómo se deben hacer las cosas, sino construir entre todos qué es lo que todos dicen que se tiene que hacer y cómo. A partir de allí, potenciar la herramienta transformadora, la organización para lograr los fines y emprender la acción que la acompaña. En esto consiste, además, el nuevo tipo de concepción y funcionamiento de una organización-taller, un partido-taller

Esto es fundamental también en las organizaciones barriales, en las organizaciones sociales, en las organizaciones sindicales, en las organizaciones comunitarias.

Las asambleas requieren transformarse. Porque es imposible que fluya la participación en reuniones con grandes cantidades de compañeros y compañeras. Por más que se tenga toda la voluntad, no es posible. ¿Cómo hacer entonces para promover la participación democrática?

Una vía es reunirse en pequeños grupos, compartir allí los elementos que se tengan, debatiendo persona a persona, informando y escuchando, construyendo propuestas colectivamente desde abajo, para –sobre esa base- confluir en la asamblea general. Esta sería entonces un ámbito de socialización y puesta en común de las propuestas y reflexiones de cada cual, para tomar las decisiones de conjunto, habiendo reunido la mayor cantidad de elementos e información posibles, en base a la participación democrática real de cada trabajador/a, de cada vecino/a, de cada militante social o político.

Esto, a su vez, construye unidad desde abajo: dialogar, construir, sumar, no excluir. Es importante tener presente que cada persona tiene una historia de vida y una trayectoria política propia, diferente, y que resulta un despropósito excluir a cada uno que piensa diferente; no habría posibilidad de organización colectiva entonces. La unidad es unidad de lo diverso, y esto llama a respetar las historias distintas, a la tolerancia y la aceptación de lo diferente como llave para encontrar los puentes que constituyan un fundamento para una necesaria articulación.

Cada vez que se excluye a alguien hay una derrota por no haber logrado escuchar, aceptar y sumar a esa persona. La exclusión no es un logro en aras de una pureza inexistente, sino una derrota. Es la muestra palpable de la incapacidad para comunicarse y articular con el otro, con la otra. ¿Habrá exclusiones? Posiblemente, pero las que ocurran deben ser autoexclusiones.

El anticuadro, lejos de buscar la pureza entre sus pares, está llamado a buscar y convocar a lo diverso y diferente para articular, construir, crecer y marchar juntos, unidos hacia la conquista de los objetivos colectivamente identificados.

Promover la construcción de un sujeto colectivo diverso y articulado para orientarse hacia transformaciones mayores, es parte de las responsabilidades políticas y sociales de los anticuadros. Hacerlo realidad cotidianamente contribuye a la creación de una nueva cultura no-capitalista, no individualista, que se va gestando y construyendo en cada acción, en cada ámbito social y político.

Los anticuadros resultan, en este sentido, simiente, alma y dinamizadores de (lo que será) un nuevo tipo de organización política, social, sindical, campesina, de mujeres… son un factor vivo y vital para el partido-taller, estructurado sobre la base del principio de horizontalidad y participación democrática de su militancia, de todos los actores que lo conforman, y del pueblo trabajador en sus diversos ámbitos y modalidades de existencia y organización.

En tal empeño, la propuesta del partido-taller, impulsado, en primer término, por el quehacer democrático y democratizador horizontal de un amplio torrente de militancia activa expresada en los anticuadros, tiene hoy las llaves del futuro.

Organización partidaria y conducción política popular colectiva

Distinguir entre partido político y conducción política es importante, pues la conducción ya no es responsabilidad ni “tarea histórica” de un partido (de vanguardia). Emergerá de la construcción de una fuerza sociopolítica de liberación, una fuerza de gran amplitud que el sujeto plural popular con su herramienta: el partido-taller, habrá de articular y constituir.

►No se parte de cero: En diferentes coyunturas, los diversos actores sociales y políticos desarrollan procesos de luchas en los cuales van acumulando experiencias, conciencia y organización. Ello se expresa en formas y modos de dirección de dichos procesos que enriquecen la experiencia histórica colectiva.

►El lugar del liderazgo de las fuerzas populares está sujeto a variaciones: en un momento puede ser ocupado por un actor o conjunto de actores sociopolíticos y luego no, pueden darse casos en que un actor que integró la dirección de un proceso de lucha en determinado momento, luego, en otro, ni siquiera forme parte de la instancia de articulación, pueden abrirse incluso —la historia latinoamericana lo demuestra—, espacios y situaciones en que un liderazgo individual actúe como catalizador del proceso colectivo, lanzando al movimiento hacia retos superiores de construcción y tareas.[14]

Esto supone incorporar un criterio flexible y creativo en lo referente a la organización, a los roles, juicios, métodos de trabajo, la estructura interna, etcétera, de esa instancia colectiva de dirección, ya que los actores sociopolíticos habrán de construir sus articulaciones de modos diferentes ante conflictos también diferentes y en momentos diferentes y cambiantes.

¿Qué hace posible entonces que una fuerza o un conjunto de fuerzas ocupe el lugar de liderazgo social y político en un momento dado? Además de la problemática principal a enfrentar, la capacidad que tengan o puedan alcanzar los actores sociales, políticos o sociopolíticos para lograr la mayor articulación posible en ese momento. Esta capacidad de articulación se asienta y fortalece en el ejercicio permanente de articulaciones entre los diversos sectores, grupos, clases (y al interior de cada uno de ellos).

►Ninguna instancia organizativa o institucional puede sustituir a los protagonistas en sus decisiones. Sujeto plural y conducción se intercondicionan.

Esta idea tiene carácter de principio. Porque si el sujeto no es reductible (ni equiparable) a una organización política, tampoco lo es respecto de las instancias institucionales ni a las de conducción.

Como expresé en Refundar la política:

No son las instituciones, ni los funcionarios, ni las leyes, ni los partidos políticos, los sujetos del cambio, sino los pueblos.

El territorio revolucionario está en las calles, en los barrios, en las comunidades, en las comunas, en las fábricas, en el campo. Es decir, donde habitan los trabajadores informales, los obreros, las mujeres, los jóvenes, los trabajadores del campo, los pequeños campesinos, los comuneros, las poblaciones indígenas originarias, los pobladores urbanos de barrios históricamente marginados… y sus organizaciones sociales. El nuevo poder popular instituyente nace y crece allí, en la creación y construcción de lo nuevo por los protagonistas sociopolíticos del proceso: los pueblos. Este proceso constituye, simultáneamente, la base material que posibilita la articulación intersectorial popular hacia la (auto)constitución de sus integrantes en sujetos políticos de los cambios. Atender constantemente a ello es uno de los desafíos políticos centrales de todo el proceso de cambios y no puede obviarse o secundarizarse.

Entre las responsabilidades políticas de gobernantes y funcionarios progresistas o revolucionarios está la de abrir las instituciones y su funcionamiento a la participación popular protagónica; favorecer el empoderamiento del pueblo y el desarrollo de sus nuevas modalidades democráticas de participación y representación, con sus nuevas institucionalidades e instituciones.

Si no se abren las compuertas del poder institucional estatal y gubernamental a la información, participación y control de los pueblos, no hay posibilidad de cambio revolucionario ni de reformas de fondo; el reciclaje se impone y los intentos revolucionarios terminan o terminarán ahogados –en el mejor de los casos‑, por el reformismo restaurador. Esto lo revelan muy claramente, por ejemplo, las palabras de Lorena Peña, Diputada del FMLN y Presidenta de la Asamblea Legislativa del El Salvador, cuando –frente a los intentos de desestabilización del gobierno del FMLN desde el ámbito del Tribunal Supremo de Justicia de ese país‑, afirma: “Lo nuestro está en las calles y no en la guerra institucional.” (Entrevistada por mí; inédita)

Las experiencias enseñan que es insuficiente tener “buenos gobernantes” en cargos institucionales; hay que transformar también las instituciones y las bases sociales, jurídicas, económicas y políticas de su funcionamiento. Y ello reclama la articulación de empeños desde “arriba” con la participación protagónica de los “de abajo”, abriendo procesos integrales de empoderamiento popular. Los hechos del último año evidencian, por si quedara alguna duda, que la posibilidad de la soberanía de los pueblos está anudada a procesos raizales de cambio social y a la construcción y reconstrucción constante del sujeto popular colectivo. (Rauber, 2017: 25)

►La conducción política no es el sujeto político de los cambios, sino el instrumento definido y adoptado por los diferentes actores sociopolíticos y comunitarios, articulados en determinados momentos (coyunturas) del proceso sociotransformador, con la finalidad de lograr los objetivos propuestos en ese momento, delineado, tal vez, con diversas articulaciones, experiencias colectivas de entrelazamiento que abonan la conformación de un proceso encadenado estratégicamente. Las formas de conducción, así como las herramientas orgánicas construidas para realizarla, resultan también instrumentales, pues son los actores populares (sociales, comunitarios y políticos) quienes las van creando, definiendo y construyendo, y no a la inversa.

Tal afirmación puede parecer obvia, pero no resulta tan obvio comprender el profundo significado político que encierra: no se puede hablar de la existencia de sujetos políticos, si estos no expresan su voluntad y conciencia orgánicamente estructurada por ellos para alcanzar sus objetivos. Pero, en ningún caso, los sujetos son idénticos a su expresión organizativa, no se reducen ni se limitan a ella.

►Una conducción política no resulta directamente de la articulación de los actores sociopolíticos fragmentados; es necesario también la confluencia de otros factores insoslayables: a) Ser capaces de subordinar los conflictos del poder a los intereses y necesidades de las luchas sociales, o sea, romper con el estado (predominante) de la correlación política de fuerzas, que subordina las luchas sociales a los intereses de los conflictos (y necesidades) de los sectores del poder. b) Tener capacidad de anticipación y —sobre esa base—, c) Desarrollar la posibilidad de cambiar sobre la marcha el rumbo prefijado, según lo exija la trayectoria de los acontecimientos, es decir, adecuar el ritmo de lucha, su convocatoria, articulación y conducción a las nuevas exigencias u oportunidades que va generando el proceso.

En este empeño, un partido-taller desempeña un papel central -en tanto emergente de la articulación de la mayoría de los actores sociales y políticos-, llamándose a trascender sus fronteras orgánicas para convocar, crear y construir una muy amplia articulación política y social que sea sustrato para generar una conducción política estratégica colectiva, plural, interarticulada capaz de potenciar el quehacer sociotransformador emancipatorio del sujeto plural popular.

Así lo comprendió Mariátegui el 1 de mayo de 1924, cuando sostuvo que:

Formar un frente unido es ejecutar un acto de solidaridad en lo que dice respecto a un problema concreto y una necesidad urgente. Eso no significa renunciar a las teorías que cada partido sustenta ni a la posición que cada uno ocupa en la vanguardia. Una variedad de tendencias y de grupos bien definidos y distintos no es un mal; al contrario, es una señal de un período avanzado en el proceso revolucionario. Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan cómo actuar en conciliación frente a la realidad concreta del día a día. [...] Que no empleen sus armas [...] para herirse el uno al otro, pero sí para combatir el orden social, sus instituciones, sus injusticias, y sus crímenes. (1924: 253-54)

Construir una amplia fuerza social de liberación que articule su accionar político en los ámbitos parlamentario y extraparlamentario

La hipótesis es, en este sentido: construir un amplio movimiento sociopolítico que articule estratégicamente a las fuerzas parlamentarias y extraparlamentarias de los trabajadores y el pueblo, en disputa raizal con las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria del capital (local‑global). Esto no se refiere una cuestión organizativa; supone el despliegue interarticulado de múltiples actores de la vida socioeconómica, centrados en la disputa por el sentido común, por la opinión pública, por la hegemonía emancipatoria social, política, económica y cultural de las mayorías populares.

Por eso resulta fundamental que, en el caso de una participación electoral, esta se afinque y desarrolle articulada con el proceso político de construcción de una amplia fuerza social extraparlamentaria, que se proponga acumular y avanzar integralmente hacia transformaciones raizales que pongan en cuestión el poder del capital en su desdoblamiento económico y político para el control y la dominación de la sociedad.

La contienda entre el capital y el trabajo dentro del marco del sistema par­lamentario no fue nunca “equitativa e igual”, ni podría serlo jamás. Por­que el capital no es en sí una fuerza parlamentaria, a pesar del hecho de que sus intereses pueden ser apropiadamente representados en el parlamento, como mencionamos antes. Lo que obligadamente decide de antemano en contra del trabajo la confron­tación política con el capital confinado al parla­mento es la incorregible circunstancia de que el capital social total no puede evitar ser la fuerza extraparlamentaria por excelencia. (Meszáros, 2001: 847)

El desafío supone para los sujetos, crear y construir una alternativa nacional y –a la vez‑ continental, de liberación con los trabajadores y el pueblo, en tanto colectivamente estén determinados a ir más allá del capitalismo, encaminándose a la creación de una nueva sociedad, creada y construida –desde abajo y día a día‑ colectivamente por el sujeto plural articulado. Este es el sentido estratégico y la significación política central de la construcción de un movimiento político-social, articulador –horizontal‑ de una amplia fuerza social parlamentaria y extraparlamentaria de los trabajadores y el pueblo.

Como manifiesta Mészáros:

Sin un desafío extraparlamentario orientado y sostenido estratégicamente, los partidos que se alternan en el gobierno pueden continuar funcionando como convenientes coartadas recíprocas al fracaso estructural del sistema para con el trabajo, confinando así efectivamente el papel del movimiento laboral a su posición de plato de segunda mesa, inconveniente pero marginable en el sistema parlamentario del capital. Por consiguiente, en relación con el terreno reproductivo material y con el político, la constitución de un movimiento de masas extraparlamentario socialista estratégicamente viable –en conjunción con las formas tradicionales de organización política del trabajo, para el presente irremisiblemente desencaminadas, que necesitan perentoriamente de la presión y el apoyo radicalizadores de las fuerzas extraparlamentarias- es una precondición vital para contrarrestar el inmenso poder extraparlamentario del capital. [2001-a: 849]

La participación electoral de fuerzas populares es importante y necesaria, en tanto es parte del camino a recorrer en los procesos de transformación social. Lo central es definir cómo se efectúa esa participación electoral, quiénes la coordinan o encabezan, dentro de qué estrategia y articulación con un horizonte estratégico de liberación. Esto se relaciona directamente con el tipo de organización política, con su funcionamiento e interrelación con la diversidad de actores sociales, comunitarios y también políticos, entendiendo que -de conjunto- son protagonistas del cambio social, y conforman el sujeto político plural del proceso sociotransformador.[15]

Articulando propuestas, reclamos sectoriales e intersectoriales en la definición de un programa común, pueden colocarse las bases para la constitución de una amplia fuerza social extraparlamentaria de liberación, fundamento para la participación parlamentaria popular que posibilite al gobierno popular contar un instrumento y la fuerza de todo el pueblo para la transformación raizal de la sociedad (superación del capitalismo).

Esta fuerza social multiplica la potencialidad transformadora colectiva pues conjuga la acción gubernamental y parlamentaria con un fuerte movimiento extraparlamentario de liberación de los trabajadores y del pueblo en su diversidad. En esta perspectiva, estar en el gobierno significa para los sectores populares, contar con un instrumento privilegiado para impulsar la formación y maduración del sujeto sociotransformador colectivo, de su conciencia, sus organizaciones y su proyecto.[16]

Por el contrario, la falta de convergencia y articulación (para la unidad) de los diversos actores sociales y políticos, sumada a la escasa formación política, la sectorialización y el corporativismo… y el distanciamiento creciente de los gobernantes, coloca a las organizaciones sociales, a las comunidades, y a la ciudadanía soberana de los pueblos, en situación de subordinación a los intereses de los poderosos.

En cuanto concierne a los representantes políticos del trabajo, el asunto no es simple­mente el del fracaso personal o la rendición ante las tentaciones y recompensas de su posición privilegiada cuando están en el cargo. Es mucho más serio que eso. El problema está en que como jefes o ministros de los gobiernos se supone que están capacitados para controlar políticamente el sistema y no hacen nada por el estilo. Porque operan dentro del terreno polí­tico decidido a priori a favor del capital por las existentes estructuras de poder de su modo de repro­ducción metabólica social. Sin desafiar radical­mente y desmantelar materialmente las estructuras fuerte­mente afianza­das y el modo de control metabólico social del capital, la capi­tulación ante el poder del capital es sólo cuestión de tiempo […]. (Mészáros, 2001:845)

Cuando la participación de fuerzas de izquierda en gobiernos locales o nacionales termina aceptando o incluso promoviendo las políticas del neoliberalismo aspirando a ser “aceptados” por el capital y sus personificaciones -además de que conduce a perder el sentido político estratégico transformador que podría significar la participación popular gubernamental-, generalmente desvía el proceso social hacia posicionamientos personales. Los casos más evidentes resultan ser, tal vez, los de parlamentarios de izquierda que llegan a ser tales en nombre de movimientos sociales u organizaciones políticas de izquierda y luego ‑cortando todo vínculo‑ se dedican a hacer de la bancada un ámbito para sus ambiciones personales, un lucrativo “puesto de trabajo”. En tal caso, por muy buenas intenciones que se tengan, las elecciones terminan tragándose la perspectiva de transformación social de los que participan en el gobierno. Ejemplos sobran de ello en Latinoamérica y en el mundo, en un sentido y en otro. Es el juego del poder; de ahí que la participación electoral constituya un desafío inmenso para las organizaciones sociales y políticas populares.

Por consiguiente el papel del movimiento extraparlamentario del tra­bajo es doble. Por una parte, tiene que hacer valer los intereses del trabajo como alter­nativa metabólica social enfrentando y negando enérgicamente en términos prác­ticos las determinaciones estructurales del orden establecido manifiesta en la rela­ción del capital y en la concomitante subordinación del trabajo en el proceso de reproducción socioeconómica, en lugar de ayudar a re-estabilizar el capital en crisis como ocurrió en importantes coyunturas del pasado reformista. Al mismo tiempo, por otra parte, el poder político del capital que prevalece en el parlamento necesita ser y puede ser desafiado mediante la presión que puedan ejercer las formas de acción extraparlamen­tarias sobre el poder legislativo y sobre el poder ejecutivo […] Sin un desafío extraparlamentario orientado y soste­nido estratégicamente, los partidos que se alternan en el gobierno pueden continuar funcionando como convenientes coartadas recíprocas al fracaso estructural del sistema para con el trabajo, confinando así efectivamente el papel del mo­vimiento laboral a su posición como un plato de segunda mesa inconveniente pero margi­nable en el sistema parlamentario del capital. Por consiguiente, en relación con el terreno reproductivo material y con el polí­tico, la constitución de un movimiento de masas extraparlamentario socia­lista estratégicamente viable –en conjunción con las formas tradicionales de organización política del trabajo, para el presente irremi­si­blemente desenca­minadas, que necesitan perentoriamente de la presión y el apoyo radicaliza­dores de las fuerzas extra­parlamentarias- es una precondi­ción vital para cont­rarrestar el inmenso poder extraparlamentario del capital. (Mészáros, 2001: 848-849)

En todo momento del proceso hay que optar y ratificar (o rectificar) a favor de quiénes, de qué políticas y con quiénes se gobierna y transforma, y esta es siempre una opción consciente, individual y colectiva. Para sostenerla hay que alimentarla y reconstruirla cotidianamente desde abajo, a partir de la participación de actores sociales y comunales diversos, articulados en una amplia fuerza social extraparlamentaria de liberación para el bien común.


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[1] Esto no se solucionará con autocríticas clásicas (declaraciones, arrepentimientos…), pero ciertamente es importante reflexionar críticamente sobre el pasado reciente (últimos cincuenta años, mínimamente), con proyección propositiva para la superación de tales actitudes. No es la solución completa, pero es parte de esta, en primer lugar, porque significa una apertura y una disposición a atender a las realidades de este tiempo histórico en cada lugar y a sus actores.

[2] El socialismo no es hoy una “amenaza” para el capital, pero sus voceros se encargan de recordarlo en todo instante cargándolo de significación negativa. Y no lo hacen porque estén locos; saben que la barbarie que producen actualmente convocará a nuevas revoluciones, un futuro históricamente no muy lejano cuya emergencia pretenden obturar -demonización mediante-, para “siempre”.

[3] Es importante sacudirse prejuicios y dogmas para comprender qué se trata. Pues esta propuesta no niega la existencia de centralización, ni de conducción/nes para llevar adelante las actividades colectivamente definidas. No hay que confundir el principio de horizontalidad con espontaneísmo, con que cada uno se autoconvoque cuando quiera, con dispersión… Al contrario. Esta modalidad de estructuración y funcionamiento partidario -aunque aparentemente más lenta en su funcionamiento- garantiza resultados conscientemente elaborados y decididos por los colectivos de actores en los diversos territorios de un país; fortalece las representaciones políticas y la conducción del proceso, que emerge de las decisiones colectivas y no de acuerdos entre grupos encriptados para luego dedicar tiempo y esfuerzo para convencer al conjunto de la militancia y esta a sus comunidades, movimientos sociales… acerca de “lo acertado” de tal o cual política, propuesta o candidatura que piden apoyar. Esto, sin descuidar el hecho de que esta nueva modalidad de trabajo partidario articulado horizontalmente en redes de talleres militantes, resulta un eficaz escudo para enfrentar la manipulación mediática del poder. Particularmente teniendo presente que este -sobre la base del secretismo y lugares opacos-, ancla su ponzoña para distorsionar realidades, propuestas, descalificar referentes populares difundiendo fake news y malformaciones informativas. Con un partido taller en funcionamiento ya no tendrán un espacio fértil para ello.

[4] Se trata de un nuevo tipo de militancia (sociopolítica), que modifica de raíz lo que hasta ahora se suponía era “su modo de ser” y actuar: ya no se trata de llevar las ideas y propuestas del partido a la población. Sus actividades estarían encaminadas a concertar saberes y voluntades diversas y dispersas, a abrir espacios al protagonismo de las mayorías populares, de las comunidades indígenas. Para ello, impulsarán actividades de formación política amplia, de modo tal que los sectores y actores sociales, comunitarios y políticos participantes puedan también allí desarrollar al máximo sus potencialidades, afianzando la conciencia de que los desafíos sociotransformadores reclaman su participación protagónica sostenida. La sostenibilidad de un proceso de transformación, como de los gobiernos que pueden encabezarlo en un momento dado, está directamente relacionada con la participación protagónica de todos y cada uno de los actores (sociales, comunitarios, sindicales) del campo popular. Y esto reclama transformaciones políticas, institucionales y jurídicas múltiples, que sustenten y fortalezcan esta participación protagónica de los pueblos en lo referente al funcionamiento del Estado, al gobierno central, en las provincias, departamentos y municipios, así como en su interrelación con las comunidades. Lo plurinacional atraviesa también a todas estas interrelaciones.

[5] En Indo-afro-latinoamérica la izquierda trasciende a las izquierdas partidarias, comprende también a movimientos sociales populares diversos, a movimientos indígenas, a movimientos campesinos, a movimientos de mujeres… junto a intelectuales, personalidades del mundo de la cultura, de las artes, de las comunicaciones, etcétera; su existencia supone de hecho una rearticulación entre lo social y lo político que constituye un pilar para la (auto)constitución del sujeto plural (sustrato de una fuerza político-social de liberación).

[6] En las complejas realidades de las sociedades indo-afro-latinoamericanas lo “clasista” no equivale a la totalidad de lo conflictivo sociopolítico, así como tampoco la clase obrera o trabajadora puede identificarse con la totalidad del sujeto revolucionario. La clase obrera es parte constitutiva del sujeto, junto con otros actores sociales y políticos, del mismo modo que la lucha de clases es parte de un sinnúmero de luchas y conflictos sociales, no necesariamente de evidente carácter o contenido clasista. Por ejemplo: las luchas ecológicas, de género, de identidad sexual libre, la de los pueblos indígenas originarios, la de los campesinos, la de las poblaciones urbanas empobrecidas y marginadas, etc. Obviamente, la clase obrera y sus organizaciones “naturales” como son los sindicatos, pueden desempeñar un papel activo motorizador de la articulación de las luchas, problemáticas y actores e identidades sociales, pero ello no es algo que ocurrirá indefectiblemente; como lo evidencia nuestra historia continental reciente, no es condición necesaria ni suficiente para ello.

[7] De ahí que resulte indispensable estar atentos a las dinámicas sociales concretas en cada momento. Porque, tal como lo advirtiera René Zavaleta, son estas dinámicas las que hacen que “lo que se ha hecho general, tarde o temprano tiende a convertirse en el símbolo conservador de lo particular.) (Zavaleta Mercado, 1986: 27).

[8] Por ejemplo, las tradicionales Secretarías de los partidos de izquierda podrían dejar de lado el criterio unipersonal y convertirse en coordinaciones. Estas, agrupando a un mínimo de tres miembros en virtud de garantizar la ejecutividad necesaria, contribuirían a desarrollar prácticas colectivas de dirección de la actividad en cuestión, con una rotación periódica de responsabilidades entre sus integrantes. Esto, además de fortalecer el crecimiento y desarrollo horizontal de la organización, incrementa la posibilidad de la coordinación general para desarrollar vínculos estrechos con las diversas coordinaciones locales, territoriales, departamentales, etc., de dicha actividad.

[9] En las experiencias de gobiernos populares o progresistas de inicios del siglo XXI, quedó evidenciado junto con la importancia de participar en la disputa electoral, las limitaciones que un eventual triunfo impone a las fuerzas populares. Como analicé en su momento: Asumir el gobierno de un país, pero aferrarse a la institucionalidad caduca heredada y a sus bases jurídicas, apostando a hacer “buena letra” para demostrar a los poderosos la “buena voluntad” democrático-institucional, es -además de estéril-, un camino hacia la derrota. Detrás de la escena de la “gobernabilidad” agitada mediáticamente cuando asumen gobiernos populares, están los intereses de clase que representan y defienden tanto las instituciones preexistentes como sus estructuras y funcionamiento, y el andamiaje jurídico-legal que las justifica y regula, así como también el sistema político-partidario que las afianza social y culturalmente. Estos son factores del poder colonial del capital que configuran el sistema jurídico-político-institucional de los Estado-Nación dependientes. Con ellos se encuentran los partidos y dirigentes populares o de izquierda al ganar elecciones presidenciales en un país indo-afro-latinoamericano. Tales factores de poder no son “independientes” de la sociedad y de sus clases sociales, responden a las necesidades del modo de producción y reproducción capitalista local y global, con todo lo que ello implica social, política, ideológica y culturalmente. Al atenerse a dicho sistema económico‑jurídico-político-institucional como si este respondiera a un mandato universal abstracto –cuasi divino‑, los gobiernos populares se tornaron ‑lo quisieran o no‑, en un puente hacia el reciclaje del sistema.

Esto no rechaza ni niega la importancia o la necesidad de participar de las contiendas electorales para conquistar espacios de poder y gobernar países si es posible, pero -como lo demuestran las experiencias recientes-, la filiación ideológica de los gobernantes resulta absolutamente insuficiente e irrelevante si no está anclada -en el caso de los gobiernos populares-, en la articulación de todo el pueblo. Este nexo y raíz popular es el que sintetiza y proyecta la fuerza de un gobierno, no el número de votos. Y llama, a la vez, a profundizar en las raíces populares de la democracia, abriendo la toma de decisiones a la participación colectiva y organizada del pueblo, para que sea este -conjuntamente con los gobernantes y las instituciones-, quien decida acerca de las líneas fundamentales del quehacer gubernamental estatal, acerca de la definición y gestión de las políticas públicas, acerca de la elaboración y promulgación de leyes para hacer realidad los derechos, etcétera.

Pensar y prepararse actualmente para futuras oportunidades políticas transformadoras torna insoslayable buscar y esclarecer vías para transformar de raíz -y desde el inicio-, no solo la representación y el tipo de organización política para disputar elecciones y constituir gobiernos, sino también, articulado con esto de modo inseparable, para la gestión política y administrativa de los futuros gobiernos populares, para transformar colectivamente la institucionalidad heredada, para abrir las compuertas del Estado y el gobierno a la participación protagónica del pueblo en su diversidad. (Una reflexión pormenorizada de este tema puede encontrarse en: Refundar la política, libro de mi autoría.)

[10] El ciudadano político queda limitado a ejercer su ciudadanía en el acto eleccionario, sin intervenir luego en el proceso de vida y desarrollo de la sociedad, el cual -por ende-, resulta fuera de su alcance y comprensión, presentándose ante él como algo ajeno a su cotidianidad y a las relaciones sociales que establece con su actividad, situación particularmente notoria en las comunidades indígenas originarias. Este extrañamiento o ajenamiento político se consuma una y otra vez mediante la reiteración de las prácticas de despojo (y delegación) que se conjugan y retroalimentan en cada acto (y estructura) de representación políticas así concebidas, cuestión que se profundiza aún más en las actuales democracias de mercado, que tornan a las sociedades en hostiles a los propios ciudadanos que las construyen y dan vida con su trabajo y modo de articularse en lo social, cultural, religioso, etcétera.

[11] La ideología del “despojo-delegación” influye no solo en el núcleo dirigente del partido, o sea, en aquellos que alcanzan la condición de “representantes de”, no influye solo sobre los militantes “representados”, sino también sobre la ciudadanía en general; es una realidad política e ideológico-cultural que hegemoniza la mentalidad de la sociedad. Por ello, resulta doblemente importante desarrollar sostenidamente prácticas participativas colectivas; en ellas el pueblo irá visualizando el histórico e intencional despojo de su ser ciudadano, realizado por los partidos políticos personeros del capital. En sus prácticas participativas colectivas, comunitarias, el pueblo identificará también los engaños del poder y podrá tomar distancia de ellos, a la par que va creando, construyendo y sosteniendo interrelaciones sociopolíticas diferentes entre los diversos sectores y actores del campo popular, entre la sociedad, las comunidades y el Estado y el gobierno, entre representados y representantes; entre gobernantes y “gobernados”. Esto pone simultáneamente en cuestión el poder del capital en la base económica y su irradiación social hegemónica. De conjunto, va fortaleciendo el empoderamiento integral (económico, político y social), de los sectores populares articulados, en cuyas prácticas de acción colectiva germinará la posibilidad de una sociedad y un mundo nuevos.

[12]. Los dilemas del sujeto, de mi autoría, www.cubasigloxxi, p. 38.

[13] Esta expresión hace alusión directa a la vieja y tradicional concepción del “partido de cuadros”, propia del leninismo, concepción que busca superar. Los “cuadros” partidarios que caracterizaban a los miembros de los partidos marxistas-leninistas, fundamentalmente, concentraban -supuestamente- los saberes, tenían un compromiso mayor y una claridad ideológica y conciencia revolucionaria inquebrantable e insuperable; eran una especie de figuras de referencia para el conjunto de la militancia en cada partido.

[14] Como se evidencia en los ejemplos mencionados en este texto, la centralidad de los conflictos es cambiante; no siempre reside un mismo sector o actor social, sindical o comunitario. Y consiguientemente, lo mismo se traduce en las conducciones de los conflictos y movilizaciones. En Argentina, el movimiento piquetero que tuvo a los desocupados como sujeto principal de las luchas y la conducción de las movilizaciones sociales en un período de los años 90; las luchas protagonizadas centralmente por los cocaleros, en Bolivia, precursores de las grandes articulaciones que dieron origen al MAS-IPSP; las movilizaciones de los movimientos barriales populares en Santo Domingo contra los desalojos, en los años 80 y 90; las luchas y movilizaciones protagonizadas por el Movimiento Sin Tierra, en Brasil; las movilizaciones protagonizadas centralmente por las comunidades indígenas en Guatemala en los años 2023 a 2026; constituyen, entre otros, sobresalientes ejemplos de las variaciones o movilidad de la conducción de un proceso de lucha en un momento determinado.

[15] Los actores diversos pueden ser parte de la organización política, por ejemplo, en el caso de un partido-taller, o pueden articularse coyunturalmente, en un frente electoral, por ejemplo, pero -en cualquier caso-, la participación popular protagónica en los procesos de toma de decisiones, debe ser parte de las dinámicas que estructuran el funcionamiento de la organización política. Está visto que esas dinámicas partidarias se trasladan luego, de alguna manera, a la relación política entre gobierno, Estado y sociedad.

En general, con la llegada al gobierno, se produce en distanciamiento creciente entre quienes gobiernan y los actores sociales y las comunidades, en tanto el sistema de gobierno y Estado está organizado, precisamente, para ello. Por eso es clave la participación protagónica popular en la toma de decisiones y, lo que hasta ayer se empleaba para definir luchas y proclamas, en las nuevas condiciones se tornen metodologías efectivas de participación popular en la definición y ejecución de las políticas públicas, la formulación y aprobación de leyes, en las dinámicas de funcionamiento de los gobiernos provinciales, departamentales y municipales… Todo esto reclama transformaciones raizales del sustrato jurídico de las instituciones de gobierno y Estado. Pero no hacerlo y adaptarse a lo existente, seguir procedimientos elitistas establecidos, es el primer paso a la separación del gobierno y los gobernantes, del pueblo, transformado cada vez más en espectador de lo que suponía era “su” proceso de liberación. Y así, creyendo los gobernantes que -adaptándose al sistema constituido- lograrían una mayor gobernabilidad y sostenibilidad del proceso de cambio, fueron acercándose cada vez más al barranco que llevaría al final no solo de los gobiernos, sino incluso, al rechazo popular de las opciones de transformación, abriendo así cauce al retorno de las derechas con sus proyectos de destrucción y saqueo.

[16] La experiencia de la Lic. Guadalupe Valdez San Pedro en la diputación nacional, en el período 2010-2016, muestra y demuestra que en el parlamento es posible también abrir puertas, pensar y sostener políticas que respondan a los intereses del pueblo, si –a partir de la convicción, disposición y voluntad-, se permanece en el seno del pueblo que allí la llevó. Fue así, interactuando sistemáticamente con el pueblo, con las organizaciones sociales populares, con personalidades e intelectuales del pueblo dominicano, que Guadalupe Valdez San Pedro, con una banca unipersonal, ha logrado no solo la promulgación de una Ley, sino también abrir nuevos caminos para la transformación social y política, en el ámbito político parlamentario de República Dominicana, el Caribe y Latinoamérica. Recomiendo profundizar en esa experiencia de diputación participativa, en el libro que sistematiza dicha experiencia (2016), que titulé: Guadalupe Valdez. Diputada del pueblo. Apuntes de una diputación participativa.              https://www.guadalupevaldez.com/_files/ugd/ceeeb3_05abd98d4cba44ee9902e632b666c524.pdf


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