Escribo para expresar mi solidaridad y consternación ante los terremotos ocurridos recientemente en Venezuela. Me atraviesan sensaciones de espanto y congoja angustiante al imaginar la realidad insospechada que -repentinamente- invadió la vida de miles de personas.
Estas catástrofes
ponen fin a la seguridad mínima de un proyecto de vida.
Si en medio de tantas
inseguridades tampoco es posible sentirse seguro en la casa de uno pues -en
cualquier momento- esta se puede desplomar.... la sensación de desprotección se
vuelve abrumadora.
Tal vez por eso, sobresalen testimonios y llamados a la unidad solidaria entre todos y todas, sin detenerse en diferenciaciones de raza, preferencias políticas o afinidades ideológicas. El momento es de sobrevivencia y -cuando se trata de aferrarse a la vida-, pertenecer a un grupo humano mayor constituye un aliento vital. Esto se expresa al tender o asir una mano halando a un semejante hacia la vida, al acercar un vaso con agua a un sediento o al escarbar codo a codo entre los escombros buscando rescatar sobrevivientes, cuyo único parentesco en común radica en ser humano... En todo ello la vida se renueva, la grandeza de la humanidad se abre paso y la luz de la esperanza alumbra el horizonte en medio de la oscuridad.
El espanto nos une, decía Borges, y en cierta medida es así.
Es duro que sea la
desgracia la que una, pero es lo único que iguala la condición del ser humano
frente a tantas divisiones qué -en momentos así- resultan un sinsentido.
Más allá de cualquier opinión, la desesperación y la desgracia colectivas
pasan por encima las diferencias entre humanos.
Por sobre ellas,
despunta con fuerza la esperanza, la fe en el prójimo, el reencuentro con la
comunidad de pertenencia de la que -por variadas razones-, no pocos se habían
distanciado, sintiéndola ajena.
Es tiempo de resurrección.
Si el terremoto puso
fin a los proyectos de vida de miles y miles de personas y dejó tambaleantes a
otros, es importante ahora no solo pensar en la reconstrucción, sino pausar la
mirada en los escombros, reconocer en las manos tendidas y las vidas rescatadas
el sentimiento de pertenecer a un solo pueblo y a una sola comunidad: el género
humano. Entonces, habrá posibilidades para que el dolor se traduzca en aprendizaje
que alimente la sabiduría colectiva, de modo que -entre todos y todas-, abonen el
suelo patrio para que pueda convertirse en un territorio seguro para construir
una nueva sociedad.

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